En una hermosa mañana de verano, un bello trabajador se hallaba cargando cajas en su pequeño coche, no en vano tenía que llevarlas a un sinuoso hotel, donde el contenido de las mismas sería revelado... ¡pero que coño! me estoy yendo por las ramas, buff, el Word me ha subrayado la palabra coño (¡otra vez!), será posible que no la tenga en su diccionario... joder, ¡joder también!... ejem, en fin, quería decir que me estaba yendo por las ramas, se supone que tengo que hablar del "cuerpo", y sobre todo criticarlos, en fin prosigo la historia.
Olvidaros de las cajas, sólo es necesario saber que el bello trabajador sudó para cargarlas en su pequeño coche, no son un elemento imprescindible para la historia.
Conduciendo se encontraba aquel hombre cuando decidió pararse en doble fila, a recoger un material en una tienda. Las razones que le llevaron a realizar dicha parada no fueron otras que la pronta finalización del acto que iba a consumar, unida a la difícil tarea de aparcar cerca del recinto. Mientras se encontraba pagando al buen vendedor, unas voces pulularon por el aire hasta llegar a sus oídos:
-¿Alguien tiene aparcado en doble fila un pequeño coche?
La mirada del propietario, es decir, el dueño del minúsculo coche cuyo interior estaba "tetris"-zado de cajas, giró 180 grados para observar como un espectro maligno vestido de azul (prefiero no decir nada de los verdes, todavía) observaba minuciosamente el vehículo, con cara de gran profesional. Sus ojos revelaban esa profunda sabiduría de los mejores intelectos de la historia, sus pupilas se dilataban cual águila imperial enfocando a su presa. Pero lo que más respeto despertaba al que acaba de girar la cabeza, eran esas botas ceñidas y esos pantalones, le recordaba a ese gran hombre tan fuerte que volaba.
El bello trabajador se dirigió a tan temible ser y, cabizbajo, le comentó:
-Perdone, acabo de parar el coche, no hace ni un minuto, y ahora mismo me voy, estoy recogiendo el material, solo tengo que pagarlo -enseñándole la calderilla.
-No me importa -los graves que brotaron de su boca retumbaron en los oídos
-Le digo que estoy trabajando, que ahora mismo me voy
Aquel hombre de cuya mirada he hablado sacó un diminuto papel, igual que Moisés mostró las piedras en el Monte del Destino (¿se llama así? creo que tengo influencias tolkianas). Cuanto poder tenían esas manos, y él lo sabía, él sentía ese poder, por eso seguía fijando sus ojos en el cochecito, sin prestar la más mínima atención a su compañero de conversación. Por un momento pareció brotar un aura resplandeciente de su coronilla, justo en el instante que extrajo aquel artefacto prodigioso relleno de tinta, parecía llevar algo inscrito, algún mensaje místico, se intuían las palabras "plastidecor" o algo similar.
-Lo siento, pero entiéndame, mi trabajo no me permite demasiada demora y solo llevo un minuto en doble fila
Aquel ser de mirada imperturbable, seguía trazando con su utensilio algunos símbolos, pasó el tiempo y en aquel papel, parecía haber escritos dos dígitos que coincidían con las primeros números marcados en relieve del rectángulo trasero del retaco medio de transporte del humilde trabajador.
La furia incontrolada se apoderó en aquel instante del individuo, que adivinó que se trataba de algún castigo impuesto por el poderoso sobre alguna infracción que acababa de cometer. Osó intentar levantarle la voz al supremo.
-¡Qué te has levantado de mala leche hoy!
Impasible, el céfalo del policía (llamemos así a su poder divino) permanecía inmóvil, escudriñando la matrícula del coche (llamemos así al trasero del Nissan Micra), por un momento pensé que iba a hacerlo levitar.
-¡Vaya cojones que tienes! -valientemente continuaba vociferando el osado trabajador.
Por fin, la mirada subió unos grados y rotó hacia el rostro del individuo que levantaba la voz, aquellos ojos se fijaron en él por un instante, alargó el brazo para entregarle el papel.
-¿Quieres el resguardo de la multa? -como Dios ante los paganos yacía en la mano el castigo del hombre, nadie sabía si en pocos instantes la Tierra iba a resquebrajarse.
-¡Te lo puedes quedar! -se giró y se dio media vuelta, para volver a entrar en la tienda y pagar los utensilios.
Como por arte divino el policía desapareció precedido de unos truenos, a los que algún impertinente llamaría rugidos de una moto.
Aquel hombre, de cuyas cajas hablé al comienzo del relato, pasó unos días implorando para que le perdonaran el aterrador pecado que había cometido al osar mirar a los ojos del que lo puede todo.
¡Me cago en la puta madre que parió al pedazo de cabrón de mierda! Lo siento, puede que os haya cortado el ambiente encantado que rodeaba la historia. Sería mejor terminar diciendo que ¡no quiero ser policía!