La lluvia caía torrencialmente en aquel momento de descanso que a un lado de la carretera me encontraba allí sentado, acurrucado sobre mi mismo echo un ovillo y con el chubasquero protegiendo tu foto.
Foto que llevaba sobre mi corazón endurecido por ese conflicto que sin darnos cuenta nos vimos arrastrados a hacer frente.
Recordaba los momentos que habíamos pasado juntos antes de mi partida.
Recordaba los últimos besos antes de subir al transporte que me alejo de ti, quizás para siempre.
Mi mirada fija en ti mientras te alejabas.
Mientras me alejaban.
Mirando tus ojos intensos, recordaba el roce de tus labios en mi mejilla.
Un beso que me dijo que no te vería más.
Lo supe en ese preciso momento.
Aún así, después de un año, tenía la esperanza y la fuerza necesaria para seguir con vida, para adaptarme y sobrevivir.
Aunque muchas veces hubiese aceptado misiones que no me garantizaban el regreso con vida.
Tu sonrisa en el reflejo de la foto.
Tus ojos risueños.
La pose ridícula que te hacia parecer graciosa.
Esa cara, que sin ser la mujer más bonita del mundo, para mi si lo eras.
Esos ojos que me volvieron loco el primer día.
Y todos los demás días.
Tus besos.
Los añoro.
La última vez que nos hicimos el amor.
Tu olor.
El mío.
La mezcla de sudores en aquel último encuentro.
Tus gemidos.
Los míos.
Tu capacidad insaciable de adsorberme.
Mi intento desesperado por estar a tu altura.
Te querré siempre, Sara.
Volvemos al tajo.
Volvemos a ponernos en marcha.
- Encontremos esa carta junto con la foto en la mano de un soldado.
Cerca de la colina norte donde tuvo lugar el último encuentro con el enemigo, nos fue difícil abrirle la mano, pues la aferraba fuertemente.
Creemos que fue el artífice de la destrucción del bunker que allí había.
El problema, es que no llevaba identificación.
El comandante miraba la foto.
Escuchaba en silencio las explicaciones del teniente mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Apenas en un susurro llego a balbucear.
Es mi hija. Nunca acepte esa relación.