Julieta, la hija menor de la familia (cinco años), estaba sentada frente a uno de los ventanales que daban a la calle, mirando caer la lluvia. De repente se apagaron todas las luces de la casa. Solo quedó encendida la del ático, de donde comenzaron a escucharse gritos. La niña, con mucho miedo, subió aferrándose a la baranda de la escalera. Cuando llegó, cesaron todos los gritos y todas las luces se encendieron. Desde la puerta pudo distinguir que en el centro del ático se encontraba una montaña ensangrentada de familiares. De la que formaban parte, su madre, su padre y dos de sus hermanos.
Bajó inmediatamente y volvió a sentarse, preguntándose de donde había salido el cuchillo cubierto de sangre que tenía en la mano y que limpiaba con la lengua mientras esperaba a su hermana que ya estaba por volver del trabajo.
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