En ese momento, ella no podía acordarse ni de si misma.
La verdad que así era mejor, pues no habría podido soportar pensar que aquella anciana, prácticamente ciega, con el pelo blanco y alborotado, que vivía sola y encerrada en una enorme habitación de su casa, únicamente iluminada por un pequeño televisor, era ella misma. Teresa Miñana Doménech.
No podía recordar cuando fue joven y hermosa, según decían la mas hermosa de la comarca, y el mayor de sus problemas era que sus alumnos estuvieran a punto en el momento que empezara la clase de piano, o de que su esposo, Rafael, no le trajera las flores que le prometió.
Antes de casare ya se conocían, eran primos segundos, y sus familias, ambas poseedoras de tierras, no pudiero estar mas conformes con este enlace (así las tierras no se pierden) . Únicamente necesitaban un heredero.
Apenas al año de casarse, nació su primer hijo varón. Se llamaría Rafael, como su padre y también seria un hombre de provecho, y no perdería el tiempo en “trabajos improductivos”, y al igual que su padre, debería seguir el camino que otros le habían trazado.
Aquellos eran buenos momento, pero con el paso del tiempo, algo cambio en los ojos de Teresa.