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  terror > Terror GeneralENTRE EL SUEÑO Y LA VIGILIA

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se publicó en la web el 23 de Octubre del 2006

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  Categoría: terror > Terror General
  Titulo:

Sólo se escuchaban los sonidos de los grillos en aquel cementerio de mi pueblo, Valdepeñas, a parte de nuestras pisadas sobre el otoñal suelo. Todo aquello me resultaba enigmático ya que el suelo parecía ser de esponja y el ambiente irreal. Ese día recordaba haber quedado con mi mejor amigo José, para ir al cerro que hay a dos kilómetros de el pueblo para captar psicofonías. Desde siempre hemos sentido un gran fanatismo por todo lo que se escapa a la deducción gracias a la razón humana, o en otros vocablos, los fenómenos paranormales. Sin embargo, no sabía porqué cambiamos de opinión y yacíamos en el cementerio. Las psicofonías son voces que se cuelan en grabaciones sin saber su procedencia y sin haber sido escuchadas antes, es como si se tratase de una comunicación con almas sin rumbo. En el caso de ser sonidos lo que se percibe, se llaman cacofonías. Ambos nos sentamos en una lápida haciendo grabaciones sin ningún éxito, pero en realidad no solo buscábamos esas voces, nos apetecía sentir sensaciones nuevas y pasar un rato apartados del ruido. Siempre teníamos chiste de cualquier cosa o situación que se nos ocurriera, y el tiempo pasaba despacio y de manera amena. Decidimos cambiar de lugar antes de irnos de allí saltando los légamos formados por lluvias en días previos y comentando más idioteces. - ¿Eh tío?, por aquí pasean los fantasmas y algunos limpian sus pecados de infidelidad dando vueltas al cementerio, cada vuelta es un perdón.- dijo José con su cara de bromista ya conocida por mí. - Sí, pues tu abuelo debe estar de ventilador en la garita del cementerio. – dijo Alberto entrecortado por las carcajadas que eran acompañadas por las de su amigo con sus pelos largos y rizados colgando por el cuello sujetos de una de sus habituales felpas. Ya era tarde dimos al play de la grabadora para escuchar la última grabación. A eso de los treinta segundos una voz clara y contundente retumbaba en nuestros oídos. Nuestras miradas se cruzaron entre perplejidad y miedo. Enseguida cogí el aparato, lo rebobiné y escuchamos la voz. La segunda vez el miedo fue mayor, ¿qué era esa voz?, ¿de dónde sale?. Ni José ni yo pudimos hablar y menos cuando después de escuchar aquello por tercera sentí un escalofrío indescriptible. La voz fue reconocida por ambos: - José, ¿es tu voz?, eres tú. José miró la maquinita que permanecía en mi mano y su cara eran mil palabras, todas ellas de afirmación. La voz propugnaba lo siguiente: “La culpa de mi muerte fue tuya” --------------------------------------------------------------------------------------------- La luz cegaba mis somnolientos ojos. Tenía dolores por todo el cuerpo y unos agudos pinchazos por las piernas y los brazos. Conseguí alzar mi cabeza y la angustia se apoderó de mí. Todas mis extremidades vendadas y mi pierna derecha escayolada apoyada sobre un reposado de una cama. Enfrente, una pared blanca sujetaba un reloj de agujas que marcaban las seis y cuarto, era incapaz de saber si por la tarde o por la mañana. Todo indicaba a que estaba en un hospital. Al girar mi débil cuello a mi izquierda comprobé la presencia de mi antigua novia, Lourdes y de mi madre Isabel. Mi novia posaba su mano derecha con delicadeza sobre mi frente y mi progenitora me observaba con ojos vidriosos pero que a la vez me anestesiaban y calmaban como solo una madre sabe hacer. Mi frente estaba en erupción de gotas de sudor frío que florecían sin parar, de repente un pitido seco irrumpía en mi oídos, presentí que era una de las máquinas conectadas a mí y comencé a temer por mi vida. ------------------------------------------------------------------------------------------ Volví a despertar, esta vez mas sobresaltado aún si cabe, pero era mi cama, mi querida cama con colchas del Real Madrid. Pero ese pitido seguía zumbando en mí. Claro, qué tonto, era mi despertador que enseguida apagué de un manotazo, todo era un sueño, pero tan real que mi corazón me decía: “Déjame salir que han puesto una bomba”. Ahora mi cuerpo estaba perfecto, sin ataduras ni vendajes. Aquella situación en el cementerio y aquel hospital formaban parte de un sueño. El sueño se apoderaba de mí, era domingo y la noche anterior estuve de fiestas hasta altas horas. Era un peluche intentando despojarme de una cama de velcro de lo cansado que estaba. Según me espabilaba las ideas llegaban a mí como si fuera un correo electrónico, ese día era el mejor para quedar con mi amigo José para ir al cerro, debido a nuestros estudios que nos mantenían ocupados entre semana. El sueño tenía ahora explicación, mi mente se había sugestionado pensando en esa visita al molino viejo del pueblo, en ese cerro a dos kilómetros. Aquél mundo irreal ya era cosas de sueños. Me levanté y sentí algo de frío y decidí vestirme con mi chándal nuevo. José era muy puntual y tenía que desayunar rápido con el fin de estar preparado a las 10 y cuarto de la mañana y ya eran las diez y cinco. Sonó el timbre y con confianza y sin ni si quiera preguntar levanté el telefonillo y abrí a mi compadre que llegaba andando, aún se estaba sacando el carnet de conducir pero ya obtuvo el examen teórico. Me puse mi gorra, cogí las llaves de mi Ford Fiesta y antes de salir me miré al espejo de la entrada de mi casa. Por cierto, no me gustaban mis orejas aunque a la gente le resultan graciosas, siempre las he visto como si mi cabeza y mis orejas fueran imanes del mismo polo, repeliéndose con ganas. Debido a que no poseía el carnet de conducir, conduje con cautela y yendo a la mínima velocidad permitida. En la radio escuchábamos un disco de nuestros queridos Mojinos Escozíos. Faltaba poco para llegar y cogí la última curva en la cual un camión me molestaba por eso creí conveniente adelantarle a pesar de mi poca experiencia y tras salir de una curva de no gran visibilidad. La luz cegaba mis somnolientos ojos. Tenía dolores por todo el cuerpo y unos agudos pinchazos por las piernas y los brazos. Conseguí alzar mi cabeza y la angustia se apoderó de mí. Todas mis extremidades vendadas y mi pierna derecha escayolada apoyada sobre un reposado de una cama. Enfrente una pared blanca sujetaba un reloj de agujas que marcaban las seis y cuarto, era incapaz de saber si por la tarde o por la mañana, aunque esta vez deduje que por la tarde. Al girar mi débil cuello a mi izquierda comprobé la presencia de mi antigua novia, Lourdes y de mi madre Isabel. Mi novia posaba su mano derecha con delicadeza sobre mi frente y mi progenitora me observaba con ojos vidriosos pero que a la vez me anestesiaban y calmaban como solo una madre saber hacer. Yo que os cuento este relato en primera persona, os juro que nunca tuve tantas ganas de que aquello fuese un sueño. Esta vez no, y no podía hablar, ¿como es posible que soñara aquello la noche anterior?, ¿que broma era esta? Mi padre pasó a la habitación fumando a pesar de la normativa que lo prohibía. Se acercó a mi cama y con mucho dolor en sus ojos y como si cada palabra fuera un latigazo en la espalda me dijo lo que yo me temía, y por raro que parezca, lo temía gracias a ese sueño. - Alberto, José ha muerto.- dijo soltando una lágrima al acabar la frase. En esos momentos quise morir, no podía creerlo, mi mejor amigo muerto. Todo el mundo se vino abajo en mi mente. Todos los planes de futuro con él, todas las risas perdidas,… todos esos momentos ya no volverían a ocurrir. Una parte de mí pereció en ese accidente, o eso supuse, estaba allí por un golpe al adelantar al camión que arruinó mi vida. Llevaba 8 meses de rehabilitación y mis facultades físicas se encontraban aún mermadas pero era muy tozudo en mi idea de ir a la curva en la que asesiné a mi mejor amigo. Poco a poco lo iba superando y descubrí que tenía muchos amigos que me apoyaban, pero ninguno como José, el mejor. Un día de Julio, mi padre Esteban cogió su antiguo Talbot y me llevó al lugar maldito. Yo llevaba un gran ramo de flores para rendirle luto a José. Al llegar no pude evitar ponerme nervioso y comenzar a llorar. Mi padre se retiró al arcén y bajó und ligera pendiente. Bajamos del coche, y yo que cojeaba todavía del accidente, fui ayudado por mi padre. Entre dos árboles deposité el ramo de flores y pude comprobar la cicatrización de unos de los árboles de aquel golpe con el Ford Fiesta. Creía que a partir de ahora todo sería superación, y odio el momento en el que mi padre me dijo que mirara eso que yacía entre hojas en el suelo. Me arrepiento porque eso que señalaba era una grabadora. No podía apenas respirar pero una fuerza me hizo agacharme y cogerla. Quizás el destino quiso que lo hiciera. Era imposible que fuese mi grabadora después de 8 meses y medio y menos aún que contuviese la voz de aquel enigmático sueño. Pero una risa nerviosa me vino, si fuera la grabadora, no tendría pilas y fijé en mi padre una mirada cómplice. Aún así decidí encenderla y destrozar mi vida. Un punto rojo daba la señal de ON al aparato. Esteban se acercó y casi me tuvo que sostener de pie para no caer al suelo, “incompresiblemente” estaba muy nervioso. Le di al play y pude sentir la voz de José en la grabadora. Una voz agónica del timbre de la voz de José dijo: “ Te perdono, pero el destino es cruel, no yo”. Lo siento a todos los lectores pero no recuerdo nada más, supongo que mi cara quedó pálida y no dije nada más hasta un buen tiempo. Ahora tengo 48 años, los mismos que tendría José. Esto me ocurrió hace 30 años. Hace dos años salí del centro psiquiátrico de Ávila del cual los médicos no pensaron nunca en que me fuera a recuperar. De esa época recuerdo algunos momentos de manera instantánea y como es lógico de mis últimos años allí, donde hice amigos y amigas enfermeros a los que agradezco el trato así cómo al director del centro por darme el alta. Tenía una gran esquizofrenia que me hacía creer que lo que soñaba era verdad y lo que era real que fuese mentira. Unos serios trastornos que provocaban mi desconfianza en los enfermeros o que me creyese que era Superman por un sueño un día anterior. Además tenía un amigo imaginario debido a mi traumático estado, ¿adivinan como se llama?. De todo esto yo no me acuerdo de nada pero he intentado informarme. Quizás este haya sido mi castigo, este ha sido mi destino cruel que dijo la voz de José, de hecho tengo una depresión de la que voy saliendo. Sin duda he pagado el error bastante, casi una cadena perpetua. Esto es peor que morir, un día te levantas sin recordar tu juventud, con 46 años y con toda una vida perdida. Esas juergas, mi boda aunque sea ateo, mi primer hijo, mis partidos de fútbol con los amigos… mi disco duro estaba formateado y tenía que volver a iniciar sesión con nada en la memoria. No puedo negaros que no tenga miedo todavía y que no haya vuelto a montar en coche. A veces tengo ganas de llamar a José e incluso busco su número en guías. Mi padre pereció hace 8 años por un cáncer de pulmón, y mi madre, cuando comenzaba a ser feliz, hace un año de un infarto al corazón, justo en el momento que su hijo Alberto estaba sanado. No obstante, y gracias a la suerte he conocido una chica hace un par de semanas con la cual mantengo una buena relación con vistas al futuro, ella se llama Luisa y no se que cara pondrá cuando lea esto. Además tiene cuatros años menos que yo, estoy hecho un pederasta. Mis hermanos Javier y Eduardo son felices y es lo único que tengo a parte de algún amigo de la infancia que se interesó por mi vida, como Carlos Zamora y mi tocayo el valenciano. Si no fuera por ellos me habría suicidado sin verle sentido a la vida. Así acaba mi relato lleno de misterio y dando un saludo a José, con el que ya echaremos unas partidas a la diana allí donde sea que esté y le preguntaré como hizo lo de las voces, jeje. Nos volveremos a ver y a morir de risa, apareciéndonos en sesiones ouija, haciendo sombras en paredes de cortijos, diciendo HALA MADRID en grabadoras…


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