Unos viejos sonetos era todo cuanto conservaba de su pasado... arrugados en la papelera
rebosante se derramaban todo en rededor suyo y pavimentaban la habitación entera, como una
selva de papel y cargas de tinta a la que era imposible acceder, o como fuera el caso de Luis,
escapar.
La luz de dos velas le servía de arropo y achantaba a la oscuridad, pero el aire pesaba ya tanto
que las asfixiaba y hacía agonizar, incapaces de sostenerse en pie, vacilando y tropezando entre
la espesura negra. E impacientes, en silencio, los tentáculos de las sombras reunían coraje y
fuerza para asaltarlas a no mucho tardar.
Solo la quietud de su escritorio le servía para permanecer despierto, la única guía fija en
mitad de la película que se le sucedía, al fondo de una sala en que las paredes tiritaban como
temiendo una mirada de reojo. Únicamente la solidez de la madera le otorgaba esa seguridad
cuando se acurrucaba.
Estaba absorto, sumido en sus pensamientos, como un anciano encorvado. Tanteaba un
colgante que llevaba al pecho y murmuraba palabras que por momentos perdían su sentido,
organizándolas en frases hasta diluirse entre susurros, como un cántico espiritual, esotérico...
Llevaba más de seis horas ocecado con aquella “oración” y rara vez dejaba entrever la silueta
de su creación:
en efecto, se trataba de una cantata; melancólica y bella, como un deseo de revivir otra era,
otro lugar donde la imaginación y la fantasía van como cogidas de la mano bajo un
crepúsculo pintado en verso y junto a la marea del clásico “érase una vez...” Un Edén
compuesto por el insomnio y la encomienda al arte.
Sus propias historias le habían engullido y ahora él era el personaje al que todo había de
sucederle. Ya no habría regreso posible hasta la hora de poner punto final, pronto antes de que
un nuevo pasaje trancara el portón que lo permitiera despertar. Mas cuándo habría de
terminar solo podía decidirlo la pluma, sólo entonces cuando se dejara resbalar por el sudor de
sus dedos hablaría la última
En aquellas vacaciones del verano del 86, Luis se enclaustraba en su cuarto ya retirado de las
interferencias de los estudios. Había terminado la selectividad y aún no había puesto pie en la
calle desde que recogiera el diploma.
Si le preguntasen por el mundo exterior le resultaría difícil concentrarse en qué contestar,
como también le costaría reincorporarse a él, y aún más recordar pequeños detalles como por
ejemplo donde solía ir a comprar el pan o a qué hora sonaba el despertador, detalles muy simples
pero que a él le serían extraños. Y quien pase más de un mes en sus condiciones compartirá esa
sensación, esa en que la razón se consume lentamente en un duermevela aparte de la realidad,
como vivir en un sueño ajeno; percibiendo la propia consciencia en un estado de embriaguez
permanente, observando el transcurrir de los actos arrastrándose y saltando sin previo aviso o
causa aparente... Un terror fantasmagórico tan maleable como puedan serlo las ilusiones.
Solo volvía a ser libre muy de vez en cuando, en instantes fugaces, pero bastaban para
desconcertarle más gravemente si cabe. Sus párpados se abrían como estallando y toda
tonalidad abandonaba su rostro; un pellizco en sus entrañas, un susto que hacía escarcha sus
pulmones... sólo él lo veía.
Tras sus retina nada se proyectaba, pero en lo más hondo del córtex una alucinación lo
atrapaba: una red muy fina y blanca que lo enredaba constriñéndolo, sin que él pudiera hacer
más que un pobre pececillo pescado y sin posibilidad de huir; fuera de esa telaraña pegajosa
todo era un caldo en que las formas se desparramaban sin gravedad ni otras leyes físicas que las
contuvieran, piezas de un cuadro multicolor que no se corresponden con nada. La confusión
retratada.
Y aunque pronto estaba de vuelta juraría que una pausa en el tiempo lo había secuestrado por
quién sabe cuánto.
Eran toda su vida, su propio sino... todas esas historias que alguien le chivaba muy desde dentro
para que las cifrase entre letras, solo libres a sus ojos.
- Trazos baratos y miserables para quien las lea. - Pensaba - Jamás las entenderían...
Y no se equivocaba del todo, tal significado era el que lo volvía loco incuso a él, aunque no lo
viera así. Esa pasión era su alimento, su amor, su aire... esa magia era su ayer y su presente, su
fruto y descanso... su voz, su espada... el tejido de un alma tan lírica como fugitiva.
También lloraba a menudo por ser diferente, por no recibir nunca el beso de una chica, por estar
solo, del dolor que a veces supone sobrevivir... pero encontraba consuelo tan pronto como apagaba
la luz y abrazaba una libreta con sus manos; nadie podía quitarle eso, la mayor de sus posesiones,
un tesoro sin fondo, la materia de sus sueños... nada ni nadie lo separarían jamás de ellos, ni aún el
peor de los destinos. Nació para ello, escribir era su objetivo, y lo sabía; de algún modo que ni él
sabía explicarse, pero así era. Una certeza que lo acompañó siempre.
Al fin sucedió que el cansancio lo pudo y se durmió. Ya no recordaba lo que es un sueño por
definición: una trama irregular de memorias, deseos e inquietudes donde rara es la vez que se tiene
el poder de manejarlos a voluntad. Y en efecto, no le tocaba a él narrarla, solo era el peón que
marcha al frente y reza por que el mal no le atrape, invocando dioses que no rigen por esos lares.
Quién lo manda es un misterio, pero llamémoslo “una fuerza invisible”, parecida sino es la que lo
ayudaba a trasnochar; en cuyo caso habría de esperar lo inesperado, pues si ya se comportaba
extraña entonces cuánto más podría serlo en su reino. Consejera, vengativa, imprevisible... todo
podía ser; ni aún Luis se fiaba de Ella, aunque por extraño que parezca la amaba. Aún cuando su
propio sudor temblaba de miedo era incapaz de odiarla, antes se odiaría a sí mismo. Era lo
absoluto para él y estaba dispuesto ante cualquier cosa que le enfrentase.
Y el cielo se le echó encima... toda una página le amenazaba desde lo alto y Luis corrió. Corrió y
corrió como no lo hizo en su vida; sabía que todo aquello era irreal, pero algo le empujaba a
correr, un aviso muy persuasivo que creyó explicar como un instinto.
Un color tardío, crepuscular, se alzó en forma de polvo intoxicando la atmósfera y los aledaños.
Nada podía ver Luis ahora, solo oía un canto arrogante y grave, la voz de un poderoso tenor que
bramaba entre la penumbra un nombre familiar... Luis.
No había escrito mucho en los campos del terror, pero le bastaba para saber que estaba en uno: esa
especie de mago que alzaba los elementos contra él era suficiente prueba; viento, granizo, rocas...
nada faltaba por componer.
Entonces lo vio, tal cual imaginaba, un viejo que gritaba imperativo sobre el filo de un risco. Con
largas barbas que enraizaban sobre el suelo y blancos cabellos que caían a sus lados muy por
debajo de los pies. Su túnica roja roída por los años y un capuchón que le caía hasta la nariz,
aguileña y rugosa. El mítico brujo servidor del mal.
Reparó en que él mismo estaba al borde del precipicio y todo un desfiladero lo separaba de aquella
criatura. Dirigió una mirada furtiva abajo y cual fue su sorpresa al ver manadas de unicornios,
cientos de ellos que marchaban en estampida. Luis no daba crédito a esa experiencia.
Un rayo y su trueno irrumpieron y al poco se oyó también lo que parecía un cuerno.
El suelo vibró y un repiqueteo de cascos ahogó todos los demás ruidos. Un ejército engalonado de
acero y bronce se arrojó contra el huracán y éste silbó acuchillado por las lanzas. Los corceles
galopaban impunes a la hechicería, directos a su hacedor. El Sol se acababa de eclipsar.
Un terremoto sacudió la región y Luis fue devorado por una brecha originada bajo sus pies.
Entonces despertó y pudo distinguir un medidor de saturación de oxígeno cuyas constantes se
habían disparado. Estaba en un hospital, y no tardaron en enterarle de su situación:
Llevaba en coma dos semanas a causa de una importante anemia, sumado por cierto a la falta de
horas de sueño; médicamente hablando, sufrió una deficiencia de riego sanguíneo en el lóbulo
frontal que lo llevó al desmayo. Los menguados niveles de glucosa y tener baja la tensión no
fueron sino agravantes que “le hicieron hibernar”. Su cerebro estuvo a punto de apagarse.
Al cabo de tres días en observación y ocho sueros fisiológicos le dieron alta y volvió a casa.
No volvió a escribir hasta septiembre, y cuando lo hizo, ideó el libro que lanzaría su profesión:
“El brujo del monte oscuro y el rey de la daga blanca”
Había reinventado su vida, desnudado el alma. Aprendió a ser más que letras y a recrear sus días
al margen de un guión. Reconoció a la fantasía cuando la encontró por la calle en forma de
pequeñas y grandes historias:
héroes de hoy que pasan desapercibidos a las crónicas y las canciones, pero como los de antaño,
luchan contra la villanía. Caballeros de brillante armadura y bellas doncellas escuderas cuya fuerza
reside en una esperanza mágica más allá del fin y de sus muchas hazañas y peripecias.
Un toque de poesía y la música de un juglar bastan para hacerlas grandes. Y si ya un dragón ya un
hada intervienen, esta epopeya será maravilla que merezca la lucha de sus personajes. Una remesa
de los viejos ideales.
Así será parte de las gentes, una leyenda de nuestros tiempos.
Luis aprendió esta verdad. Y poco después, al empezar la universidad, conoció a la mujer con la
que compartiría cada instante en adelante, la que colmaría sus relatos y compartiera sus aventuras.
Terminada ya su novela, a pie de página se podía leer:
...Vivieron felices y comieron perdices.