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  ficcion > Narrativa LibreLa Revolución perdida.

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se publicó en la web el 21 de Enero del 2005

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

La revolución Perdida. El deteriorado portón de madera de la chiquera gañó un profundo lamento al ceder de golpe. Laura Kozinski surgió en el umbral y profirió un seco y ceñudo saludo entrecortado. El rostro rojo, resollante y manchado de sangre tras la reciente escaramuza, los ojos grises y brillantes, el pelo negro arrollado en una larga trenza a su espalda, la piel bronceada. Sin dirigirse a nadie en particular, dijo muy seria. A los Mandos Revolucionarios... Paso a informar. El control del para en el llano ya no existe. ¡Acaba de ser erradicado! Bajas del enemigo: ¡Siete puercos pelanganos! Bajas personales del destacamento, tres. Lamentando la pérdida del Comandante en funciones Herrera Prado, lamentando la baja del Sargento Juan Pardo Quiñones y de la compañera y brava luchadora Susana Matías. Seguidamente, elevó el oscuro fusil kalashnikov, casi tan grande como ella, y con el semblante crispado gritó. ¡Que viva la revolución! ¡Muerte a los Capitalistas! Cinco chiquillos famélicos de apenas trece y catorce años la acompañaron, alzando no sin esfuerzo, otros tantos fusiles mayores que sus ajados cuerpecillos. ¡Viva, viva la revolución! ¡Muerte a los cerdos del valle! Aullaron. Ella, sin despeinarse, añadió. Puesto que mi rango es el de cabo de primera, y dadas las bajas habidas, soy la siguiente en jerarquía, y desde este mismo momento paso a comandar el destacamento revolucionario Tihualaxa y decreto, que visto el incumplimiento y la traición habida por parte del Gobierno Tirano y Capitalista de nuestra doblegada nación, a la mañana misma que sale, el rehén, es decir el sirviente del capitalismo global que por desgracia impera en el mundo, será ejecutado de tiro en la nuca. Los otros cinco se cuadraron mientras decían. ¡A la orden de su mando! Laura se deslizó con soltura hasta la mesa mugrienta, llena de colillas a medio apagar y latas de raciones que había en el centro de la habitación, tomó una de las botellas de tequila que aún estaban medio llenas y bebió un largo trago. Luego hizo un seco aspaviento con la mano. Los cinco chiquillos fueron saliendo uno a uno de la choza. Pero antes de que el último saliera, Laura, agarrándolo de un brazo lo detuvo. ¡Soldado Teragua! Si, señorita… ¿Cómo ha dicho? Digo… Mis disculpas…. Comandante Kocinski. Bien bien… disculpado. Hemmm. ¿Sí…? Le ordeno camarada Teragua, traiga a mi presencia de inmediato al rehén. Es mi deber informarle de su suerte. ¡A la orden de mi comandante! En diez minutos un hombre alto de un metro ochenta y tantos sucio, delgado hasta los huesos, con barba y con la ropa deshilachada de caminar por la selva apareció inclinándose para no golpearse contra el marco desgastado de la entrada; moviéndose siempre, merced a los empellones que le propinaba el muchacho. Pase pase, le recibió Laura acomodada en un balancín, y fumándose un puro. Sientese aquí, a mi lado. Él la miró en silencio, con desconfianza, y sin esperar nada grato, acostumbrado ya a las chanzas y bofetadas de los maleados críos que lo custodiaban. Se reclinó sobre el suelo. Una gran cucaracha negra y brillante que rondaba por la pared de bambú se le subió al hombro y paseó sobre él oscilando los apéndices como si esperara alguna atención de su nuevo cliente. El rehén se la quitó de encima de una sobria sacudida. Laura se limitó a sacarse el puro de la boca y sonreír. Bien soldado Teragua ya puede seguir con sus deberes. Déjenos solos. ¡A la orden mi comandante! Ah y cierre la puerta. No vaya a colarse una chají. Que es una chají, preguntó el rehén por primera vez con curiosidad. Ella se había subido el pantalón de miliciana y se estaba mirando una herida supurante en la rodilla. Alzó la vista para observarlo con curiosidad y preguntó. ¿Cómo? ¿No las ha visto todavía? Son serpientes, unas serpientitas pequeñas verdes y venenosas. Si te pican no la palmas pero estás jodido por una semanita. El rehén tragó saliva sentía sed pero no dijo nada. Todavía no se atrevía y dijo. Ya… Entonces qué de aquel chamaquito que murió ayer después de siete días, qué me dice… ¿eh? ¿Ése…? Ella le miró y bajó los ojos sobre la herida para decir. No se ha fijado aún… Son niños. ¡Niños, no hombres! Los mandan sus padres…Padres pobres pero orgullosos de mandarlos aquí. Y mueren igual… que lagartijitas peladas al sol. Levantó la vista un segundo y un destello de desesperación pareció inundar su semblante. ¿Quiere que la ayude con eso? Cómo…. Usted sabe…. No… No soy doctor pero ejercí de Auxiliar de enfermería una temporada. ¿Dónde? En una O.N.G. en África. Laura lo miró en silencio, no dijo nada. Si me libera las manos, claro. Dése la vuelta. Las manos del rehén estaban enrojecidas por las marcas de las esposas. Laura sacó la llave y se las quitó. El rehén dio un fuerte bufido y comenzó a frotarse las muñecas. Las sentía dormidas… Tantas horas…así, dijo Ella lo miró con desconfianza. Le apuntó con el revolver. No se mueva… El rehén volvió las palmas de las manos y sonrió. ¡Calma mujer…! No pienso mover un pelo. Mejor llámeme Comandante, puntualizó ella molesta. Bien Comandante ¿quiere que le ayude o no? Sí… El rehén, poco a poco, se incorporó. Su cabeza rozaba el techo de la choza. Se frotó las palmas. Vamos a ver eso, dijo. Ella le ofreció con temor la rodilla a la vista. Oh, oh está infectada. Eso ya lo sé. Pero… ¡Calma! Las he visto peores. No será preciso cortar, jejeje. ¿De qué se ríe? ¿Yo? De nada. Pero sabe. Es la primera vez que en lugar de llorar me río en medio mes. Ella sonrió y su rostro dejó translucir su belleza secreta y olvidada. El rehén se detuvo a mirarla un momento. ¡Qué mira! ¿Tengo pelos en la lengua? ¿Soy tan fea acaso…? No… usted es… bella… ¿Ah sí? No me diga. Y qué me va a pedir ahora ¿Un salvoconducto? Exacto… ¿Cómo lo ha sabido? Todos lo hacen. Todos son inocentes… Jajajajaja ¿De verdad? Sí. Y trabajan para los capitalistas. Usted también lo hace. ¿El qué? ¿Trabajar para los…. Capitalistas sí. Venga ¡Comandante…! Comandante no me salga con esas ahora. Sabe tan bien como yo que su causa está… perdida. Lo ve… Lo ve. Usted también apoya al capitalismo. No… Yo soy ciudadano del mundo. ¿Qué…? ¿Que milongas son esas? ¿Ahora dicen eso por ahí? Si, debería usted estar más conectada al mundo comandante. Se refiere a todas esas porquerías. A Internet, la televisión y esos trastitos que maneja el capitalismo para tenerlos a todos seducidos como a ovejitas ¿no? Bueno yo digo que no son tan malos… ni tan buenos. Pero ahí están sí. Y los utilizo. Pues yo no, ni pienso. Se entera. Yo amo a Fidel y sobre todo al Che. ¿Fidel? Si, ha hecho cosas buenas pero también las hace malas. En cuanto al Che era un pobre idealista y lo mataron como a un cerdo. ¿Quiere morir usted también así? ¡Y por qué no! Será un honor para mí morir defendiendo la causa. Yo no soy chaquetero como tú. Pe… Y bocazas Te crees muy listo Chavón. Y lo soy jeje. Mira tu herida. Ya está limpia y curadita. Laura abrió los ojos como ascuas encendidas. Sencillamente no podía dar crédito. Con apenas cuatro cosas el rehén había hecho una obra de arte con su fea herida. Bien. Dese la vuelta y ponga las manos a la espalda. Por cierto me llamo… Sssshhhh no hable. No quiero oír su nombre ni en broma entendido. Pero… Vas a ver… Chavón. ¿Que es esto? ¡Qué hace! No pued… Lo empujó hasta el camastro lo arrojó boca arriba y lo desnudo de mitad para abajo. Tenía el pene fláccido y blanquecino, ella comenzó a manosearlo y a chuparlo hasta que en seguida se puso erecto. Con apuros Laura se bajó el pantalón, luego se quitó el jersey y expuso sus senos al aire; entonces se colocó sobre él y permitió que se los lamiera, hasta que poco a poco se fue situando e introduciendo el pene sin dejar de balancear sus glúteos mientras exhalaba grititos desacompasados de placer. El rehén no tardó en derramar su esperma y calentar su sexo aún más, hasta que pareció el interior de un volcán. Ella se dejó caer sobre él y lo besó con ardor. Primero despacio, saboreó el sabor de su lengua, luego cada vez más rápido hasta que ambos se buscaron con desesperación, como si desearan tragarse enteritos. Después repitieron la misma operación cerca de seis veces con descansos de diez, veinte minutos o más, hasta caer exhaustos... Al amanecer Laura se despertó. El rehén yacía a su lado, estaba despierto y la miraba con ojos grandes como platos, le dijo. Sabes… Como quiera que te llames… Porque todo me da igual, te amo. Laura se incorporó y caminó en la penumbra. Tropezó con sus botas de miliciana, tropezó con el viejo balancín. Estaba nerviosa y descentrada, ¡ya no sabía donde había puesto nada! Un gemido interno, casi doloroso, empezó a abrirse paso desde el interior de sus entrañas, se sentía sin fuerzas, pero sintió su frío tacto en la oscuridad y lo tomó. Después fue casi corriendo hasta donde estaba el rehén le dio la vuelta bruscamente y le descerrajó el tiro en la nuca. Se oyó la voz del camarada Teragua inquirir con tranquilidad. ¡Comandante se ha cumplido la sentencia! ¡Así ha sido, soldado! En una hora presénteme el informe, repuso Laura. Y a continuación, con lágrimas brotándole sin sentido, sin dejar de mirar el cuerpo inerte del rehén dijo. Hasta pronto Juan, hasta pronto, Pedro, José, Luis, Jaime, Rodrigo, Carlos Paquito, Silvio, Lucas, Jorge y todos los…. que maté. Se aplicó el revolver sobre la sien y oprimió el gatillo...


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