Era un día de esos en los que el sol te quemaba la cara, uno de esos en lo que habría que remangarse la piel para no pasar calor. Fausto estaba sentado en una roca a orillas del rio, pretendiendo, sin haberlo conseguido durante una hora, el pescar algo. Al poco rato de volver a intentarlo decidió irse reprimido, pero justo cuando se apresuro a marcharse, una vocecilla se dejo escuchar de entre las aguas.-Fausto! Si aquí, aquí!- no podía ser, había un pez que asomaba su cabeza por la orilla y se dirigía a el, definitivamente pensó, que tanto tiempo expuesto al sol le habría producido aquella alucinación -Fausto!- entablo de nuevo el pescado, y Fausto sin salir de su asombro y tras comprobar la realidad del acontecimiento, se sumió a aquella conversación surrealista -si pececillo, dime, ¿que es lo que quieres? -Hagamos un trato- dijo el pez -Tu diras amigo. -Vete a casa y vuelve una hora mas tarde portando contigo un poco de masilla y yo mismo me encargare de que tengas pesca cada día Fausto se fue sin mas a preparar el mejunje para peces que tanto trabajo costaba, por lo que una vez en su casa se dijo así mismo que lo haría por la tarde y se lo llevaría al día siguiente. Pasada la noche, el pescador fue a la misma hora del encuentro con el manjar preparado, y espero sentado durante todo el día, en el que no vio al pez parlanchín ni a ningún otro, nunca mas.