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  ficcion > Narrativa LibreLa sombra del tuareg

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se publicó en la web el 09 de Enero del 2008

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

Llueve toda la noche. El viento, azota la puerta de madera rancia que da al huerto hasta que una de sus bisagras empieza a chasquear. Jarrea, y el agua que cae horizontal empujada por la ventisca, golpea atronadora el cristal de mi ventana. La luz de la lámpara parpadea, como queriendo dejar de relumbrar, y mis vestidos cambian de apariencias cuando la luz retiembla indecisa. Se me antojan, esas faldas que ahora observo ahorcadas por una percha, seres alelados que me acechan. Pero no siento miedo. Hubo otro tiempo en que todo me aterraba, pero ahora, nada me asusta. Me procuro tres velas que guardo bajo la mesa de mi escritorio y las enciendo previendo un apagón, porque no estoy acostumbrada a estos adelantos, y sé que más tarde o más temprano la bombilla fallará. Porque todo lo moderno falla. Es la primera vez que tenemos luz “de la calle”, como dice madre. Porque antiguamente no había luz de ésta, que con sólo pulsar un botón hace brillar toda la casa. Ahora un relámpago se cuela en mi habitación y la descarga ilumina de color azul y blanco intenso toda la estancia. Mi figura se ha calcado a intervalos muy cortos en la pared que, frente a mí, resiste al tiempo, y como ha sido un destello tartamudo, lo he podido ver. El rayo, ha contorneado mi sombra de un azul intenso, y mis ojos se han cerrado al poco. ¿O no se han cerrado? El caso es, que no entreví nada; salvo mi espectro en la pared, pero ha sido una visión efímera, es decir, un visto y no visto, por eso no sé si es que de haberse cerrado mis ojos la potente luz ha traspasado mis párpados, o si por el contrario no he cerrado los ojos pero luego quedé ciega. Cierto es, desde luego, que una oscuridad indecible ha asediado mi cuarto, y aun abriendo los ojos hasta no saber dónde está el tope de apertura de mis párpados, no puedo atisbar más que musarañas y efectos caleidoscópicos que trato de perseguir pero que desaparecen por la comisura o rabillo del ojo. Tanteo la pequeña mesa y doy, a la primera, con los cerillos, y prendo la mecha de una vela; luego enciendo las otras dos. Ahora el retumbo. El iconoclasta sonido al llegar a mí me estremece. Los pequeños cristales, pegados al marco con una masa pestífera —hiede sobre todo en verano, cuando se recalienta—, que delata vísceras de pescados, han temblado súbitamente y las cortinillas de mi ropero se han movido; y también los vestidos colgados. Tengo frío pero no me voy a dormir todavía. Estoy escribiendo, y cuando escribo nada importa más. Sigue lloviendo violentamente y el techo parece amenazar con cuartearse debido al golpeo continuo de la cellisca. Un perro ladra a Pedro, que se acerca por la fosca y embarrada dehesa. Sé que se aproxima Pedro porque cada noche, a la misma hora, hace las veces de alguacil cuando no está Antonio el Pera. Por eso ladra el chucho. El poblado Villareg no da señales de vida a estas horas. Todos duermen menos Pedro, y yo. Ni aun cuando acaba de dar la innecesaria ronda, es capaz de alcanzar la dormidera ese hombre solitario. Me dijo padre el año pasado, cuando le ayudaba yo con la siega del trigo, que Pedro está amargado. Que vive solo porque es un hombre insociable desde que nació, y que ninguna moza se fijó en él porque es hombre resentido. De todos modos, sí es cierto que no duerme. Sus ojos dejan ver cada día los cercos, esos que delatan el insomnio, o quizá los llevó siempre, pero al decir eso padre, es en lo que me fijo y a la vigilia achaco. Desde mi ventana veo la de Pedro, y toda la noche permanece una tímida luz encendida que insinúa sus pasos apesadumbrados arrastrados por la sombra que las velas refulgentes y el quinqué hacen temblar tras la cortina color café con leche; a pesar de los adelantos, y de que a la aldea ya llega luz de la calle, Pedro pervive con las pocas velas y el candil del que sería incapaz de deshacerse. No tiene familia cercana; ni lejana, creo. Sólo posee unas pocas cabras que pastorean más arriba de la antigua molienda. Ahora no se muele trigo allí, sino en lo del Piliri. Yo voy los sábados con padre a por el cuarto de harina. Pedro, cada tarde, cuando las inclemencias rehuyen de esta aldea, se adentra en la espesura del bosquecillo hasta llegar a la Cruz Blanca, caminando más tarde por una serpenteante vereda. Dice padre, que cuentas tendrá que arreglar. Luego Pedro se sienta en una laja contigua a la Cruz y se hace un cigarrillo. Lo enciende y, mirando a la Cruz, queda inalterable al humo gris que asciende desde su boca hasta el ojo derecho, que deja velado para que la fumarada no le haga escocer. Eso dicen los que le ven allí. Luego apaga el pitillo y se marcha. Pero no sobre sus pasos, sino en dirección al pueblo. Más abajo del consistorio queda la bodega de Andrés el escopetero, y allí se toma tres vasos de agua fresca. Luego sí. Luego desanda lo anterior hasta llegar a su casa. Apenas, dice padre, si habla Pedro con alguien, y es cierto. A mí me excita su soledad. Sus silencios. Sus pasos al caminar. ¿Qué guarda? ¿Qué esconde en su alma con tanto recelo? ¿Qué desaliento lo abatió? Yo, siempre le sigo en silencio; bien desde mi ventana, a altas horas de la noche; bien cuando nos cruzamos, sin que por su boca salga una sola palabra. Es Pedro hombre mayor que padre, pero no lo suficiente para dejar caer sobre sí mismo una losa inexpugnable por siempre jamás. Observo que, a veces, tiene comportamientos y ademanes extraños. Dice padre que cuando él nació, Pedro ya estaba en el mundo, pero no lo parieron aquí, sino en otro lugar, y que llegó a Villareg traído por una mujer que no era su madre. Nadie sabe, ciertamente, quién es Pedro en realidad, pero yo lo descubrí. Una noche fue Pedro a la Cruz Blanca a eso de las dos de la madrugada y encendió una gran pira. Se encontraba tan ofuscado con la soledad y la luz candente del fuego, que no dudó en arrodillarse para rezar. Alzó la cabeza al cielo y dijo cosas que, me cuentan, iban relacionadas con algo de la magia de los nómadas de los desiertos lejanos. Tierras vastas y áridas que por la noche hieren de frío y por el día arden como el mismísimo infierno. Luego, comentaban, se ponía de pie, hacía reverencias al fuego y se marchaba. Desde que oí aquella historia de la hoguera y las plegarias, no he dejado de pensar en el hombre; y aún menos cuando descubrí el legajo en el interior de una alforja. Ahora el perro perdura ladrando, a pesar del aguacero, y advierto que Pedro se aleja bajo el torrente y los pantanos en los que sumerge los pies de modo irremediable. Se oculta bajo su capote de piel de cabra y la luz del candil parece su cochero. Otro relámpago ha caído sobre la aldea y he podido ver la figura cimbrada de Pedro. El can le adelanta y corre entre aullidos. Yo pervivo en el cuarto escribiendo mis cosas mientras padre y madre duermen. Me gusta escribir. Dice padre que las mujeres debemos de trabajar en casa para que los mozos se fijen en nosotras. Yo no creo que eso sea cierto, como tampoco creo que yo quiera tener mozo. Manuela ya se ha casado y no parece sonreír como antes. Dice padre que yo me voy a volver loca porque leo, escribo y hablo de un modo que nadie entiende, y que paso mucho tiempo sola, en la Dormitaña, que es una gran roca que hay en el acebuchal y que es en donde mejor me siento porque puedo pensar. Cuando fui a la escuela por última vez, me dijo doña Mariana que si quería escribir, que lo hiciera, pero que no despreocupara las tareas del hogar. Realizo tareas tales como hacer la comida, a veces, o ayudar a padre en el campo porque no tuve hermano. Bueno, sí tuve uno, pero dice madre que murió cuando fue parido. Luego nací yo. Padre aún está resentido, pero me quiere. Sé que me quiere. Llueve desconsoladamente y en la lejanía quedan ahora las tormentas, y Pedro ya no se deja ver. Una mañana, como todas en las que padre se desliga del catre con el lucero del alba, salté del jergón y me vestí. Hacía frío y me abrigué. Me calcé los zancos y salí de casa. Seguí los pasos de padre y cuando él se perdía en la espesura del bosque, yo tomé la vereda que lleva a la Cruz Blanca. Una vez en aquel altozano que sirve de pedestal al Vínculo con Dios, me persigné y noté un calor sofocante atrapar mi cuerpo protegido de aquel frío propio de la estación. Dos noches antes había nevado. Aún permanecía la escarcha en el atajo cuando ascendí oculta entre breñas. Aquella inflamación que me hizo suya nada más atraparme, propuso que me despojase de algunas prendas de abrigo. Las dejé en el suelo y me descubrí el pelo que ocultaba con una pañoleta. Cada vez más, desde los pies a la cabeza, el calor me iba inmovilizando. Temerosa del fenómeno extraño que me asediaba, dejé ir unos pasos atrás distanciándome unos metros de la Cruz sin dejar de admirarla con los ojos inundados, como cuando miramos imperturbablemente al fuego del hogar. Cuando desvié la vista hacia unos desbrozos, que giraban en torno a la suposición de que se trataba de una reserva para las imploraciones de Pedro, algo en ese calor extraño me escoltó a los leños, y, al aproximarme, atisbé una alforja oculta entre el follaje húmedo, y olisqueado por los animalillos de la noche. Me posicioné en cuclillas y, al poco de examinarla, extendí mi mano y la alcancé. Muy despacio, tiré de aquella talega hasta tenerla cerca de mis rodillas. Presumí que estaría vacía. La abrí, sin embargo, y advertí que su interior guardaba unos papeles, unos documentos... Miré alrededor pero sólo la niebla temprana invadía aquella atmósfera que el fuego de mi cuerpo hacía irrespirable. Tenté los pliegos con la huella de mis dedos pero cerré la alforja, y, prensándola contra mi cuerpo, fui hasta el ropaje que dejé en el suelo. Me enfundé el abrigo —a pesar del calor—, oculté con la pañoleta mi cabeza y, predispuesta, partí del lugar camino abajo, dejando tras de mí la Cruz inamovible y extraña que parecía arañar el celaje que sitiaba el cerro. El ardor se fue disipando y el frío tomaba de nuevo su lugar. Pensaba en esto mientras caminaba a toda prisa, sintiendo mi corazón golpear la alforja que había hecho de ese peregrino calor almacenando en mi pecho, un recuerdo de la Cruz, de las brozas, de la altura, de la niebla y de aquél impulso que me había llevado, arrastrada por la curiosidad, hasta el lugar que ya se alejaba mientras rescataba el nuevo camino que conducía a mi casa. Luego, cuando ya había recobrado el aire que dejó desabitado mis pulmones, pensé en lo que ocultaba bajo el abrigo, contra mi pecho. Llegué a casa justo antes de que madre pusiera sus pies sobre el empedrado del suelo. Así, haciendo lo propio, me enfundé de nuevo la camisola y, en esas, madre que retiraba la corina del umbral de mi alcoba. —Buenos días nos dé Dios, hija —dijo madre, a lo que respondí del mismo modo. Al acercarse madre al jergón de lana para volverlo, di una patada a la alforja hasta ir a parar debajo de la mesita. Los papeles asomaron y leí, en letras grades: “Amid el Tuareg”. Llegada la noche, bajo el silencio escrupuloso que en la aldea bañaba las ánimas que decía madre nos rondaban la noche de Todos los Santos bajo la tímida luz de las mariposas, extraje de la alforja los pliegos resecos que sólo Dios sabe cuánto tiempo permanecieron ocultos en la Cruz Blanca. Desdoblé lo que era un manuscrito amarillento y casi espolvoreado. Solté la alforja sobre la mesita y, sumida en aquel misterio, comencé a leer. “Amid el Tuareg”. Como todos ellos, Amid sólo asomaba de su cuerpo los ojos negros y penetrantes bajo unas cejas también oscuras pegadas a un ceño liso e interesante, el hueso propio de la nariz y los pómulos de piel azulenca relegados de masculinidad. La boca, el mentón y los oídos quedaban tras el amagad, y todas las demás partes de su rostro se ocultaban bajo el tagelmust, o turbante azul que recibió de su familia cuando cumplió dieciocho años, lo que a partir de entonces le llevó a coexistir libremente. El resto de su alta e imponente figura, hasta cubrirle igualmente los pies, estaba velada púdicamente por una chilaba negra, dejando ver solamente una cruz, la cruz Tanfuk n Azraf, terminología que corresponde al verbo crecer. No es que los tuareg tuviesen inclinación católica, sino que los diferentes tipos de cruces representaban su patrimonio personal e identificativo, sus joyas, sus aderezos. Amid caminaba erguido y seguro de la tierra incierta que pisaba y recorría cada día hasta quedar protegida por un majestuoso manto de estrellas que todos los tuareg, sin excepción, y comenzando desde los más pequeños, conocían y sabían interpretar y leer. Era, no obstante, rigurosamente necesario reunir conocimiento y desentrañar los posicionamientos estelares para orientarse en el desierto, pues sólo las extensas llanuras pedregosas y de fina arena se vislumbran. Dentro del estatus social tuareg, Amid era perteneciente a una ralea Iklan, que quiere decir “clase servil”. Dentro de aquel mundo al que pertenecían él y toda su familia, Amid llevaba en su corazón la huella de los ilellan, “hombres libres”, por eso, entre los imajeghan (guerrilleros que protegían los asentamientos nómadas), él era el más aceptado aunque no reuniese las dotes espirituales necesarias para tomar un arma, pero sus palabras y pensamientos adiestraban a los hombres como la rebenque a los dromedarios. No era pues —decía Amid— necesario empuñar una daga. En la comunidad nómada, sin embargo, era un ser extraño y solitario. Su idioma, el tamasheq, no se limitaba a la comunicación exclusiva con su pueblo, sino que adquirió protagonismo siglos atrás y era pronunciado por todas las tribus nómadas del desierto del Sahara. Era costumbre, por ejemplo, contar historias, cuentos y leyendas por las noches alrededor del fuego mientras compartían el té. Por eso, los cuentistas y todo el mundo en general, hablaban la misma lengua; aunque cada tribu, independientemente, tuviese su propio léxico. Amid pasaba noches enteras narrando historias y proverbios. Por medio de aquellos relatos y aforismos, Amid lograba resumir su experiencia personal en la vida, pues con ellos transcendía su lengua de generación en generación y de pueblo nómada en pueblo nómada. Los proverbios, eran pura literatura hablada que los más pequeños meditaban y los más sabios perpetuaban. “Libros, caminos y días dan al hombre sabiduría”, dijo una vez Amid en respuesta a la pregunta del pequeño Halimm. Una de aquellas bellísimas noches relucientes de estrellas fugaces, dos inadan (artesanos) le hicieron un pequeño encargo. Estaban sentados a una mesa pequeña muy baja que sostenía una tetera de plata y tres vasos. El más anciano de los artesanos habló y dijo: —Amid, amigo mío, debes hacernos un gran favor a nosotros y a tu pueblo. —Dime —dijo Amid, dispuesto. —Hemos moldeado una rosa del desierto que guarda en su interior la sabiduría, la tierra y el alma de nuestro pueblo, de nuestros hermanos. Esta rosa del desierto no es como las demás: brilla al sol y a la luna y las estrellas. Se mantiene viva, y nos mantenemos vivo todos nosotros. Es de oro. Y cada pétalo guarda una leyenda oculta que nadie debe descubrir jamás. Además, en el interior de la rosa se esconde una cruz de Iferouane, que como tú sabes bien significa “herencia” y está muy extendida entre nosotros. Está enjoyada de plata y piedras preciosas. —No debes de preocuparte, Ahyeman. Esconderé y protegeré nuestro símbolo con mi vida —y extendió Amid la mano para recibir de la de Ahyeman el abalbud, pequeño bolso de cuero que protegía la obra de arte jamás construida por artesano alguno del pueblo tuareg. Luego, bebieron de un cuenco leche de cabra para cerrar el compromiso. Nada más despuntar el sol, Amid subió a su dromedario y se alejó del asentamiento nómada. Nadie lo vio partir y nadie supo jamás nada más de él. Dicen que muchos años después, Amid alcanzó el norte del Sahara y fundó una familia entremezclándose con los nómadas de aquellas tierras vastas. Lo hizo, se cree, para proteger un legado. Ninguno de los suyos supo nunca, sin embargo, dónde ocultó la rosa del desierto. Sólo en la memoria de los más pequeños de aquella tribu quedaban guardadas las historias de Amid, del que se dijo también que vendió la joya a un tratante argelino desconociendo que, si la rosa era vendida o robada, una maldición caería sobre quien hubiese arriesgado tal empresa. Los niños de aquella gran familia nómada se hicieron mayores, y nada había más en ellos que ser como Amid, fuertes y libres. Fuertes como el corazón de un imajeghan y libres como el viento del siroco que atraviesa el desierto. Los niños, como hacía Amid, se reunían por las noches y se relataban historias. Se inventaban cuentos inspirados en su ídolo y hasta elucubraban sobre qué fue de Amid y de la rosa del desierto. Uno dijo que había cruzado un gran mar y, una vez en la otra tierra, había ocultado secretamente el legado. Otro, más pequeño que los demás, argumentaba que Amid aparecía cada noche con la rosa para con su magia dormirlos a todos. El más alto y fuerte, quizá el jefe de ese pequeño clan de futuros artesanos e imajeghanes, expuso que Amid los había traicionado y se había enriquecido con la joya de todo un pueblo. Pero nadie le creyó. Era absurdo pensar aquello. Una noche, fría como todas las del desierto, una estrella fugaz se detuvo sobre las jaimas montadas en aquella eterna extensión de arena y uno de los seguidores incondicionales de Amid la vio. Enseguida supo que se trataba del alma vagabunda de su ídolo, porque, tras aquella luz, se dibujaba una rosa del desierto. Y una cruz. La de su pueblo. Pasaron los años y el pequeño se hizo hombre. Siguiendo el camino que supuestamente había tomado Amid con la rosa, desapareció tras sus huellas y, cuando hubo concluido su periplo a orillas del océano Atlántico, miró al horizonte y un viento recio pareció indicarle que, tras aquella línea perezosa del piélago, se hallaba la respuesta a su pregunta y la de su pueblo. Aquel niño hecho hombre, cruzó el océano y puso los pies en una tierra desconocida. Aquel territorio le ofreció a Hamedina, como así se llamaba el aventurero tuareg, una visión distinta del mundo. Conoció a todo tipo de gente, buena y mala, y se adentró en los pasajes más triste del ser humano. Añoraba su tierra, a su gente, pero debía encontrar un rastro de Amid. Recorriendo día y noche los mercados del territorio de Rabil-Aremij, conoció a los más ricos y poderosos mercaderes, pero nadie, jamás, había oído hablar de Amid excepto yo. Fue una tarde oscura. Decían los más versados hombres de Rabil-Aremij que se aproximaba una ventisca y el cielo se tornó un tanto huraño. Yo permanecí, como todos los habitantes de la región, resguardada en mi casa hasta que la tormenta pasó de largo. Los días siguientes transcurrieron con total normalidad hasta que una sombra cubrió todo el territorio como si de súbito una gran nube se hubiese interpuesto entre el sol y la Tierra. Creímos, pues, que se aproximaba otro siroco, pero no lo daban por cierto los más ancianos. Uno de aquellos hombres sabios dijo: “Esta sombra oculta algo desconocido para nuestro pueblo”. Ciertamente, lo que en un principio indicaba un fenómeno meteorológico, fue tomando forma hasta que descubrimos a un hombre alto, fuerte y de mirada cortante entrar al pueblo por la muralla principal de la medina. “¡Es un tuareg!” Exclamaban algunos. “No, es un guerrero de las tierras altas”, decían otros. Nadie le había visto jamás. Aquel misterioso hombre que había aparecido cabalgando sobre su dromedario no pronunció palabra alguna hasta que me pidió darle agua para beber. Se la ofrecí y, con ademanes digno de un tuareg, me preguntó: “¿Cómo te llamas, joven?” Yamila, señor, respondí. Se descubrió la boca y sonrió. Al hacerlo, la sombra aquella que misteriosamente se había posado sobre nosotros se desvaneció. “¿Hay por aquí un lugar para descansar, Yamila?” Inquirió. Sí, mi familia ofrece descansadero, agua y comida, señor, le dije. Una noche, mientras Amid dormía profundamente, fui hasta el pesebre y atisbé un brillo indecible a su lado. Me acerqué y, con un dedo, levanté la piel que cubría una maravillosa rosa del desierto. Irradiaba tanta luz y paz que me quedé allí, de pie, largo rato, vislumbrando aquella extraordinaria joya. Un día, nada más amanecer, Amid partió hacia otro lugar. Así, de pueblo en pueblo y de región en región, el tuareg decidió que el mejor lugar para ocultar, lejos de su tierra, la rosa del desierto, era el poblado de Villareg. Allí, en una colina que llamaban el Alto de la Mujer Dormida, sepultó el legado nómada. Pasaron los años, y sobre la urna alzaron los habitantes de Villareg una gran cruz blanca. Así, y desconociendo los vecinos lo que bajo esta se ocultaba, la cruz permanece aún levantada y sólo un hombre sabe qué se esconde allí. Ese hombre es Hamedina, el aventurero nómada que le siguió las huellas. Hamedina se hizo llamar Pedro y convivió en el más absoluto silencio. Nada se supo de Amid, pero Hamedina ronda cada noche la Cruz Blanca implorando a su Dios para que la rosa y la cruz Iferouane proteja a sus hermanos nómadas del desierto, a los tuareg, y para que su luz brille por siempre jamás en el cielo adiamantado que protege a los que creen en la libertad y en el alma de cada hombre del desierto. Nada más terminar de leer el relato que me pareció inacabado, o desprovisto de más hojas, mis piernas temblaron de sólo pensar que Pedro, ese Pedro que yo conocía, era un tuareg que una vez llegó desde muy lejos siguiendo los pasos de uno de sus hermanos. Toda esta historia me confundía, y, sobre todo, me cercaba de misterio. Y ese misterio lo envolvía una pregunta que rondaba mi cabeza: ¿Quién la había escrito y dejado allí? Al introducir los pliegos en su bolsa de cuero, madre accedió al cuarto, pero se fue enseguida. Pasaron los días y, envuelta en ese enigma que aún no logré resolver, vi a Pedro con el rebaño de cabras a su regreso de la dehesa. —Hola Pedro. ¿Cómo está? —Le saludé. Como ya había dicho, Pedro nunca conversaba con nadie, pero extraordinariamente se volvió y dijo: —Hola, Sara. —Pedro, ¿por qué va usted a la Cruz Blanca algunas noches? —Eso no es de tu incumbencia —dijo secamente. Le seguí y concluí diciendo, atrevida: —Pedro, ¿sabe usted algo sobre una cruz de los tuareg? —Pedro se detuvo en seco. Con el ceño fruncido y sus ojos arponeando los míos, dijo: —Mira, jovencita. Si hay algo en esta vida que me moleste más es, en primer lugar, las personas entrometidas; y en segundo, los chismes, las habladurías. Así que no sé si he respondido a tu pregunta, pero de no haberlo hecho, no me vuelvas a preguntar nunca más. Olvídame. Dándose la vuelta se alejó. Tras él iban sus perros y sus cabras. Yo puse los pasos a casa. Allí estaba padre y madre charlando en la puerta en lo que se trataba de un pequeño respiro luego de la jornada. Entré en casa sin decir nada. Elucubraba sobre la pequeña conversación con Pedro y el manuscrito. Al poco, salí del dormitorio y tropecé con padre, que preocupado por mi espantada me preguntó qué ocurría. No le respondí. Salí fuera y tomé aire. Miré al frente y vislumbré un tramo de la serpenteante trocha que conduce a la Cruz Blanca y, armándome de valor, me dispuse a ir de nuevo allí. Para cuando hube llegado a la Cruz, Pedro ya estaba sentado frente a ella. Le había dado tiempo de encerrar el rebaño, dar de comer a los perros y subir hasta la Cruz Blanca. Fumaba su cigarro como me habían contado. Su rostro delataba inexpresividad y al oír mis pasos al aproximarme permaneció inamovible. Ni cuando me senté sobre la piedra dijo ni hizo nada. —¿Estás rezando? —Inquirí. —No —su mirada impávida era puesta a los pies de la Cruz Blanca. —Vienes mucho por aquí, ¿verdad? —Sí. Vengo mucho por aquí —respondió al tiempo que tiraba al suelo el cigarro y lo pisaba para apagarlo. —¿Por qué? —Indagué. —Por qué, qué —dijo. —¿Por qué vienes tanto por aquí, incluso de noche? —Sara —comenzó diciendo, volviéndose hacia mí—. Eres una chica muy inteligente. Sé que te gusta escribir, y leer. ¿Sabes? A mí también me gusta leer y escribir, aunque ya no escribo ni leo mucho. Sabes que no soy hombre de palabras, y que tampoco me relaciono con mucha gente de por aquí. Mi historia es larga y primitiva. Quizás tú sí la entiendas, pero no tengo demasiadas ganas de hablar. Creo que el manuscrito que encontraste el otro día aquí, te lo ha explicado todo —mi cuerpo se sacudió. Me sonrojé temiendo que se le hubiera extraviado la alforja y yo la oculté, o quizá la hubiera escondido él ahí para alejarla de curiosos. Quedé muda, pero al poco hablé. —Pedro, lo siento. No sabía que... —No debes pedir disculpas, Sara —me interrumpió—. Estaba ahí, tú lo encontraste, y te lo llevaste para leerlo. Viniste aquí para encontrar una respuesta a tu pregunta y la hallaste. No debes sentirte mal por ello. Pero prométeme que no se lo contarás a nadie de este pueblo. Si me lo prometes, te cuento el final —dijo, blandiendo una sonrisa que jamás habría dibujado de no ser conmigo. —Te lo prometo, Pedro. —No me llamo Pedro, como tú bien sabes. Bueno, sabes muchas cosas. Lo sé. Pero te preguntarás quién escribió el relato, y como sólo es eso lo que te ha traído aquí y a preguntarme hace un rato ahí abajo, es lo que te voy a desvelar —Pedro se acercó a mí—. No hace mucho tiempo traje varios objetos de recuerdo aquí para prenderlos. La alforja se quedó ahí por descuido mío. Esa alforja y su contenido lo conservó siempre la mujer a la que amé desde que la conocí. Ella había seguido mis pasos como yo hice con Amid, pero murió hace ya mucho, no dándole tiempo la vida para acabar esta historia que ahora posees tú. Todo estaba cuidadosamente guardado en un viejo arcón. Esta mujer se llamaba Yamila. Nadie de este lugar se enteró jamás de que vivíamos juntos, y nadie de este lugar se enteró de su muerte. Su enfermedad la mantuvo en cama muchos años. Como nadie de este lugar, excepto tú, sabe que yo me llamo Hamedina. Hamedina silenció, se levantó y se fue. Yo, en callada, le seguí los pasos, y nunca más volví a hablar con él de esta historia que sólo yo conocía. Desde entonces, cada noche, cuando le veo desde mi ventana, me digo, susurrando, “ahí está la sombra del tuareg”.


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