Para siempre
Blasco llegó al oasis después de dejar atrás a tres camellos, muertos de viejos, semienterrados en la arena interminable. Irían a formar parte de la Tierra, para luego quizá disgregar su ser y volverse a componer en forma de cactus. Anduvo tanto una vez los animales dejaron de respirar, que adquirió la costumbre de hacerlo todo en marcha: la comida, la meditación, el rezo, la siesta... solía tener sueños en la duermevela del anochecer, pero nunca veía oasis, ni mujeres guapas; sólo veía escorpiones entrando y saliendo de la arena, escorpiones negros gigantescos danzando en una pelea y corriendo. Pensó que quizá eran casi sueños, pero hubiera jurado que le dio en la cara el viento cuando uno de ellos dejó una huella a tres metros de él y la arena le tapó el pie. Se agarró a la férrea realidad de que esas cosas no existían, y consiguió no volverlos a ver.
A pesar de la eterna marcha, Blasco pensaba que el oasis con el templo sagrado de su Dios estaba detrás de cada duna. Cuando los más austeros monjes le dijeron cómo llegar, el se rió, confiado:
“- Sólo llegará aquel que lo desee más que ninguna otra cosa del mundo”.
Él estaba seguro de que era su caso, casualidad o providencia. Así que se fue con tres camellos y mucha comida al desierto, a la búsqueda de la iluminación. Dejó a su familia, y les recordaba a cada instante, en cualquier pensamiento escuchaba las voces de sus hermanos y sus padres opinando sobre temas diversos. Se le acabó la comida. Echó de menos la cocina racionada de su madre, añoró el vino rojo que acompañaba a aquellos manjares. Se le acabó el agua. Empezó a pensar que debería intentar volver, quizá daba cuenta de alguno de los camellos... Al poco se murieron, uno por uno, como dándole la oportunidad de pensárselo. Añoró una noche tranquila en una cama fresca, y le atormentaron pesadillas sobre los enormes escorpiones negros. Así que no comió, no bebió, no durmió... Hasta dejó de hablar en voz alta consigo mismo. Sólo anduvo, por la eternidad; esperando ver, a cada paso, el paraíso. Así que se convirtió en la persona que podía llegar al templo, según las exigencias de las leyendas.
Los únicos seres vivos en ese edén bíblico eran las plantas. Palmeras altísimas y muy delgadas con cocos enormes, flores de todos los colores y tamaños (algunas hasta del de un hombre), adelfas y lirios de agradable aroma, hierba verde del color de la esmeralda, un lago muy azul y poco profundo lleno de nenúfares y algas... Y él que, cuando llegó, sumergió en el olvido cada pedacito de recuerdo, del tacto peligroso de un trozo de cristal..
En una roca, una puerta de oro macizo, con la imagen de un Sol poderoso en sus hojas relucientes; indicaba la entrada del templo. Al principio sólo pensó en entrar y adorar a su Dios postrado en el suelo, de lo maravillado por su grandeza. La puerta no tenía aldabón ni cerradura, sólo dos planchas de oro macizas y reacias a separarse. Luego leyó la inscripción que, debajo del Sol y haciendo una curva con su forma; le iluminó:
“Si has llegado aquí, eterno viajero, has venido para guardar este templo de todo mal, ya que es sagrado todo lo que lo toca, hasta el viento incesante”.
Y, más abajo:
“Aguarda a los Libertadores, porque su respuesta te dolerá, pero te dará el mayor de los deseos”.
El tiempo corrió y recorrió, destruyó y construyó, mató y sanó... pero Blasco estaba en la perfección imposible, la infinita utopía.
Por las noches hablaba con las estrellas, ellas le contaban cuentos para que se durmiese tranquilo y tuviera dulces sueños. Debajo de las hojas de las palmeras (con las que había construido una desmadejada cabaña) miraba al cielo, abría una improvisada trampilla para perderse en la noche azabache. Pero escuchaba los cuentos mejor en su balsa, en medio de un lago con un cromatismo cambiante: de noche era transparente como el cristal más limpio. Un perfecto espejo para la Luna, poetisa del cielo. El suave movimiento de las aguas, acariciadas por una brisa de olores cambiantes, le mecía con cariño. Por el día paseaba en su jungla particular, mirando las flores y recogiendo frutos. Trataba de tirar los cocos de las palmeras con rocas, y consiguió lanzarlas muy bien. El esfuerzo mereció la pena, ya que era su fruto favorito. Su sensación de agradecimiento hacia su Dios se vio extendida a las cosas que le rodeaban, y agradecía a cada árbol el fruto que cogía, charlaba con el lago de los cuentos de las estrellas y cantaba junto con la hierba. Hablaba con el Dios Sol de frente a la puerta, con la imagen del verdadero; que surcaba el azulado firmamento.
Mirarlo directamente era algo tan maravilloso, que decían que si realmente uno lo llegaba a ver entre las purificadoras y sacras llamas, quedaría ciego al instante. Muchos lo intentaban, pero el fuego se lo impedía, y debían apartar la vista por su osadía. Eso era lo que rememoraba de su niñez, de lo poco que no se le había olvidado... como su nombre, Blasco.
Una mañana recordó algo, y le dejó bastante turbado. El pensamiento fue un brote crecido lentamente, al que no se le ha prestado atención hasta su floración. Era una amapola del color del desierto al atardecer. Recordó las palabras de los monjes, aquellos que le inculcaron la palabra de su Dios desde su infancia:
“- Sólo los que han visto al Dios saben que no tienen nada más que aprender.”
Y se subió a un sauce llorón, y entre las largas hojas que rozaban la superficie del agua como si estuvieran apoyadas en la misma; miró al horizonte mientras conversaba con el árbol con tono preocupado.
- Algo debe de ocurrir en este día, pues ese recuerdo es una señal.
Nada más dicho, vio (supo inmediatamente que no era una alucinación) a los Libertadores cabalgando sobre las dunas. Eran siete hombres que cargaban bultos, acompañados por trece camellos. Sus rasgos le resultaron algo diferentes a como esperaba, tenían la piel sonrosada por el Sol y algunos quemada, y hablaban en una lengua extraña que no conseguía entender.
- Look at this. I said you we were near...
Blasco sonreía, maravillado. Los Libertadores lo miraban con algo de desconcierto, quizá no lo imaginaron con ese aspecto, como si el tiempo no hubiera pasado por él. Pero luego intentaron abrir la puerta, y no se lo permitió: se echó encima de uno de ellos con una piedra afilada e la mano, mientras el otro le injuriaba en su extraño idioma.
- Help! Help! This man is crazy!
Lo ataron y amordazaron. Sus magias y trucos de hechicería obraron una explosión que abrió un agujero en la puerta. Blasco no podía moverse, pero ansiaba mirar dentro, a la vez que deseaba matar a los usurpadores y herejes. Cargaban enormes sacos en los camellos que entraban vacíos, para salir del templo repletos de lo que él suponía gemas y diamantes. Los restos del portón de dos hojas también fue cargada por un camello que tiraba de una especie de carromato.
Antes de que lo metieran dentro, pudo volver a leer la frase que se iba junto con la puerta:
“-Aguarda a los Libertadores, porque su respuesta te dolerá, pero te dará el mayor de los deseos”.
Y bloquearon la salida con piedras y más piedras, y uno de los Libertadores se despidió:
- Fuck you!
El único respiradero de la estancia estaba en el techo, y era demasiado pequeño como para ver por él alguna estrella que le contara un cuento. Añoró cada detalle de lo que afuera, a sólo unos metros; le había pertenecido, como regalo de su Dios. Ahora se lo había quitado, y era extraño vivir en una oscuridad total, sin poder hablar ni siquiera con una sola adelfa.
En su noche más melancólica, se propuso pasear por enorme estancia hecha de piedra. Tropezó con algo... no sabía que los Libertadores le habían dejado un regalo. Con el tacto adivinó que era un plato pequeño de bronce, con la imagen del Sol en su centro. Esa cosa era sagrada y suya, un presente divino. Era algo a tener en cuenta, significaba que aún su Dios le permitía ciertas licencias, aún le tenía en afecto. Así que decidió intentar volver a la superficie.
Blasco rascaba con el plato la piedra que se amontonaba en la apertura obstruida en un trabajo lento, muy lento. En los descansos, doliéndose de los brazos y piernas por la intensidad del trabajo; seguía añorando el mundo de afuera. Así que todos los días pasaba todo el tiempo que podía en la tarea de rascar la piedra, para descansar luego unas horas. Cada vez dormía menos, hasta que no lo necesitó. Se abrió camino eternamente en el ancho del tiempo para saber el por qué de todo, aspirando al menos ver a su Dios una vez más en la bóveda celeste, no sólo en finos haces de luz que se colaban por los diminutos respiraderos. Mirarlo de esa forma era verse encerrado en una prisión, y ver a su carcelero al otro lado de las rejas de la única ventana.
En esta ocasión Blasco olvidó su nombre.
Golpeó la roca hasta que la última se rompió, y la arena del desierto entró en la estancia. Salió al oasis, para comprobar que no estaba, sólo había desierto a su alrededor. Tanto el oasis como el templo habían sido sepultados por la arena, sobresalía la parte superior de la construcción y las dos palmeras más altas, ya secas.
Un amanecer comenzaba en ese instante, y miró al Sol... su luz era más poderosa que nunca, tanto que, un segundo antes de quedarse ciego, vio la verdadera imagen del Dios. Y sintió tanta felicidad que no tuvo otro deseo que no fuera reunirse con él.
Para siempre.
FIN