Yo la quiero. Es tan bella como el mar. Tan azul como el cielo. Cuando acaricio su cuerpecillo, me estremezco de placer. Ella tiene siete años. Es rubia como el oro, sus ojos azules son dos luceros, su sonrisa es la puerta de la felicidad, su voz es música celestial, su amor es la eternidad. Yo la quiero.
No entiendo por qué no me dejan verla. La última vez que estuve con ella fue hace un mes. Pasamos la tarde juntos y dormimos por la noche en la misma cama. Es verdad que la metí en mi coche cuando salió del colegio. Pero yo solamente quería estar con ella. ¿Por qué no me dejaban?. Si ella está muy bien conmigo. Aunque algunas veces llora, es de tristeza, porque ella quiere estar conmigo. De verdad. Yo soy buena persona. Solamente que no puedo vivir sin ella. Sin tocar su lindo cuerpecito, sin besar sus pequeños labios. Eso no es malo, ¿verdad?. No entiendo por qué no puedo vivir con ella para siempre y cuidarla y amarla toda la vida.
En este calabozo la recuerdo más que nunca. Pero volvería a hacerlo. Volvería a raptarla de nuevo, porque la quiero, la necesito. Ella también me quiere, algunas veces me lo dijo. Por eso, cuando salga lo volveré a hacer. Vosotros haríais lo mismo, ¿verdad?.
Llevo ya seis meses encerrado aquí. Esta mañana he cogido una soga que había en la lavandería y la he atado a la lámpara y le estoy haciendo un nudo para mi cuello. Mi último pensamiento será para ella. Mi hija.