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  terror > Terror GeneralPoema macabro

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se publicó en la web el 11 de Agosto del 2006

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  Categoría: terror > Terror General
  Titulo:

“Poema macabro” ¿Oro o Carbón? I El viento danzaba entre el espesor de los árboles, removiendo sus hojas como si una amable mano acariciase el cabello de alguien. Las hojas se esparcían por los alrededores, cayendo sutilmente en el suelo de la plaza. Una niña de apenas ocho años, que estaba sentada en un banco junto a su madre, apartó la mirada del libro que sostenía y miró hacia el tronco del árbol. Luego miró a su madre y le preguntó: —¿Por qué hace eso y nadie le dice nada, mamá? —¿Quién hace qué, cariño? –inquirió su madre, mirando confusa a su hija. La niña señaló al seno del árbol y dijo: —Esa niña que hay de rodillas. ¿Por qué dibuja en el suelo y nadie la regaña? La madre miró al árbol, luego a su hija, al árbol otra vez, y de nuevo a su hija. Arrugó la frente y le dijo enojada: —¿Cómo tengo que decirte que no te inventes esas cosas? —Pero si está ahí mismo... ¡Mira, nos está saludando! —Ya basta, Hannah. Nos volvemos a casa. La mujer se levantó airada y se llevó a su hija de la mano. La muchacha se volvió y saludó con la mano, mirando hacia el árbol. Evangeline rebuscó por su estuche, en busca del bolígrafo de color dorado. Al fin dio con él y procedió a subrayar una frase de su libro. Le encantaba ese bolígrafo, el trazo brillante que dejaba sobre el papel... No era demasiado apropiado para subrayar, y además se gastaba con mucha facilidad, pero Eva lo adoraba. Con dieciséis años, sólo medía un metro sesenta; no era demasiado bella; tan torpe que acostumbraba a caerse; y con un busto mínimamente desarrollado. Se apartó las largas puntas de su cabello moreno de ante los ojos y siguió subrayando con su adorado bolígrafo, aunque ya hubiese llegado a una lección que no habían empezado siquiera. Le gustaba tanto el color dorado de ese bolígrafo, que incluso solía vestir con ropa decorada con estampados dorados o con colores que se pareciesen al oro. Era por eso que odiaba tanto su cabello. Ni su cabeza hueca, ni su baja estatura, ni su torpeza, ni su pecho de niña. Lo que más odiaba de si misma era que su cabello no fuese rubio en lugar de moreno. Eva era consciente de que esa no era una mentalidad válida para una chica de su edad. Veía a todas las chicas de su clase maquillándose hasta extremos ridículos, saliendo por la calle hasta las tantas, colándose en discotecas para mayores de dieciséis... Y corroboraba que eso no iba con ella. Prefería seguir en su mundo infantil, alejada del mundo verdadero, alejada de los demás. Encerrada en su propia ilusión. Eva no tenía muchos amigos. Tan sólo Maria, que se llevaba bien con todo el mundo; Ian, un muchacho pasota pero a la vez gracioso e inteligente que prefería concentrarse en su afición –escribir relatos de terror que publicaba en Internet y que le habían dado cierta fama en la red– a imitar al resto; y Mark, que al igual que Eva, era un chico en el que nadie se fijaba. Maria, Ian y Mark hacía tiempo que se habían percatado de la gran falta de madurez de Eva, pero nunca le dieron importancia. Maria dijo que ya crecería de golpe cuando se enamorase. Pero hacía unos días que estaban un poco preocupados. Eva se encerraba cada vez más en si misma, y había veces en las que le hablaban y parecía estar ausente, como en trance. Comenzaron a temer que Eva se alejase del mundo cada vez más, hasta el punto de que no pudiesen hacer nada por ella. Les aterraba que eso ocurriese, que no pudiesen ayudarla. Entonces, una mañana de abril, dijo ese nombre por primera vez: —Clara. —¿Cómo? –inquirió Maria. Eva se sentaba sola, junto a la pared derecha de la clase, al lado de la puerta de entrada. Tras ella estaba Maria, y a su izquierda se sentaban Ian y Mark. Eva levantó la cabeza encorvada ante su libro y se volvió hacia Maria. —¿Qué? –dijo. —¿Cómo que ‘qué’? –respondió Maria– ¿Qué es eso que has dicho? ¿Quién es Clara? —Yo no he dicho eso... —¿Cómo que no? ¡Pero si acabo de oírlo! ¿Lo ha dicho o no, Mark? El chico asintió y dijo: —Has dicho claramente ‘Clara’, y nunca mejor dicho. ¿A que sí? Mark se volvió a su izquierda, y vio enojado que Ian no les estaba escuchando, ya que llevaba puestos unos auriculares mientras escribía una de sus novelas en la libreta a toda velocidad. Le quitó un auricular y le gritó al oído: —¡¿A que sí?! —¡Ay, tío! ¡¿Pero qué haces?! –gruñó Ian tocándose la oreja dolorida por el grito. —...Clara... Ian, Mark y Maria miraron a Eva. Mark e Ian pudieron ver desde su posición cómo los ojos de Eva miraban su libro al decir esas palabras, unos ojos ausentes, vidriosos. —¿Lo ves? ¡Acabas de decirlo! –dijo Maria. Eva parpadeó, se giró de nuevo y dijo: —¿Qué dices que he dicho? —‘Clara’. Has dicho Clara –dijo Maria. —Qué va... —Pues claro que lo has dicho –dijo Ian, mirándola con su habitual levantamiento de una sola ceja. Entonces los ojos de Eva se abrieron como platos y señaló a Maria. —Ahí está... Clara... Maria dijo confusa: —¿Cómo dices? ¿Que yo soy esa Clara? —No. Digo que está sentada detrás de ti. Mark e Ian miraron la mesa que había detrás de Maria. Siempre había estado vacía, y en ese momento, por supuesto, también. No había ninguna Clara. Maria se levantó de sopetón y dio un golpe a la mesa con ambas manos. El resto de la clase, que hablaban entre ellos a gritos, apenas se percató del golpe. —¡Ya basta! ¿Qué es lo que te pasa últimamente, Eva? —¿Por qué lo dices...? —¡¿Cómo que por qué?! ¡Porque acabas de decirme que tengo a una tal Clara detrás, cuando no hay ninguna Clara en este colegio! —Pero si está ahí... ¿Porqué escribe en la mesa y nadie la regaña? En pronunciar esas palabras, las facciones de Eva aterraron a Maria. No puso ninguna expresión extraña, es más, lo dijo con cara de póquer. Pero era precisamente eso, la naturalidad con la que lo dijo, lo que le heló la sangre. Entonces el profesor entró en clase. Todos se sentaron y abrieron sus libros. Ian, Mark y Maria se miraron, sin saber qué cara poner. Fue en la clase de matemáticas donde empezaron a ocurrir los hechos extraños. El profesor pidió a Eva que saliese a la pizarra para resolver uno de los problemas que había mandado de deberes el día anterior. Eva se levantó nerviosa, con la libreta entre sus brazos. Justo antes de llegar a la pizarra, se le cayó y un montón de hojas se esparcieron por el suelo. El profesor la regañó y la clase echó a reír, viendo cómo esa patosa se agachaba y recogía las hojas. Cuando Eva se levantó, Maria advirtió en su tez los nervios y el sudor frío. Eva temía salir a la pizarra, pues siempre, siempre acababan riéndose de ella. Toda su vida, su torpeza y su aspecto de poca cosa habían causado risas de los demás. Cuando el profesor no miraba, Maria lanzó un bolígrafo a uno de los chicos de clase que más se metían con Eva, y que efectivamente, se había reído más que el resto. El bolígrafo acertó a su frente con extrema puntería. El chico, furioso, lanzó el bolígrafo, pero, por un fallo de cálculo, fue hacia Ian. Éste se agachó grácilmente, por lo que el bolígrafo impactó en Mark, que se rascó la cabeza confuso. Entonces, algo quebró el combate de lanzar bolígrafos. Un repiqueteo procedente de la pizarra. Vieron cómo Eva golpeaba la pizarra con la tiza en un mismo punto, como si se tratase de un pájaro-carpintero. —¿Pero qué haces, Evangeline? –inquirió el profesor molesto por el ruido. Eva no respondió. La libreta volvió a caérsele, y las hojas a esparcirse por el suelo. La escena causó unas risas mucho más fuertes que las anteriores. Maria, Ian y Mark se miraron, confusos y preocupados más que nunca. Entonces todos vieron cómo Eva dibujaba un grueso trazo en la pizarra, con la mano temblorosa, ejerciendo mucha fuerza con la tiza, como si le estuviese costando una barbaridad. Estaba escribiendo algo. Maria vio horrorizada que parecía como si el brazo derecho de Eva estuviese poseído. Arrastraba el resto del cuerpo como si fuese una marioneta. Llenó la pizarra con la palabra. Mucho antes de que acabase Maria supo qué iba a poner. Y al final se confirmó. ‘CLARA’. En letras enormes, con una caligrafía infantil y temblorosa, como si lo hubiese escrito un niño de cuatro años. Las risas cesaron. Eva procedió a escribir ese nombre por toda la pizarra, cruzándose con el primero, e incluso saliéndose y continuando por la pared. El profesor trató de separar su brazo de la pizarra, y le sorprendió la enorme fuerza de la muchacha. Viendo que era incapaz de detener su brazo, trató de separar sus dedos y agarrar la tiza, hasta el punto de arañar sus manos, pero todo fue en vano. Maria, Ian y Mark corrieron hacia ellos y trataron de separar al profesor de Eva. Pero entonces la muchacha le propinó un codazo tan fuerte al hombre, que cayó al suelo. Eva escribió la última ‘a’ del nombre que había escrito en el último rincón en blanco, y luego se cayó sobre la mesa del profesor, boca arriba, inconsciente. Los tres fueron esa misma tarde a casa de Evangeline. Los padres de la niña no les permitieron verla. Por lo menos no ese día. Les contaron que habían tenido una larga charla con los profesores, y que al día siguiente tenían cita con un psicólogo. —Si me permiten la pregunta, ¿no les ha dicho nada Eva? –inquirió Ian cortés. La madre negó apesadumbrada y dijo: —Sólo una cosa que no sabemos interpretar... “No me gusta nada esa niña. Es una hipócrita. Tiene un cabello rubio precioso pero en cambio escribe con un rotulador de color negro, de ese color asqueroso”. —¿De quién hablaba? –dijo Mark confuso. Maria e Ian se esperaban la respuesta que dictaminó su padre: —...Clara... Eva estaba en su habitación, con las persianas bajadas, sin más iluminación que la de una vela que tenía sobre su escritorio. Estaba sentada sobre su cama en posición fetal, con la cara escondida entre sus piernas. Sólo tenía una palabra en su cabeza: “Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara Clara...” Entonces despertó. Volvió en sí al fin. Recordó todo lo ocurrido. Lo que había hecho. El terror inundó su ser. ¿Pero qué había hecho...? ¿Qué le había pasado? ¿Qué la había empujado a hacer todo eso? Recordó lo que lo había originado. Bajó de la cama y se acercó deprisa a su escritorio. Abrió el libro de texto y pasó rápidamente las páginas. Llegó al fin a la que había estado leyendo por la mañana. No había lo que buscaba. Se sentó aliviada en su silla. Sin saber qué más hacer, empezó a subrayar con su bolígrafo de tinta dorada. Diez minutos más tarde, Eva entornó los ojos. Se había adormilando, subrayando con su bolígrafo. Miró el texto, y se le paró el corazón. Había aparecido de nuevo. Una fotografía en blanco y negro de una chica en el extremo izquierdo de la página. Tendría su misma edad. Llevaba un elegante vestido antiguo de color blanco, y una melena larguísima totalmente lisa, rubia. En el pie de foto ponía: ‘Clara White’. Eva se separó asustada unos centímetros de la mesa. Entonces se percató de que el nombre estaba subrayado, pero no con su bolígrafo dorado, sino con un rotulador negro. Miró el resto de la página. Todo lo que había subrayado con su bolígrafo... ahora estaba subrayado con ese mismo rotulador negro. Cuando volvió a mirar al nombre bajo la foto, vio cómo se dibujaba un cuadrado alrededor de la palabra con tinta negra, enmarcándola. Era como si un rotulador negro invisible estuviese dibujando ese cuadrado. Cuando acabó, un segundo recuadro encerró dentro de sí al primero, y así sucesivamente, haciendo cuadrados cada vez más grandes, que terminaron por salirse de la hoja y seguir dibujándose en la mesa. Eva dirigió su mirada aterrada a su mano derecha. Ya no tenía entre sus manos su preciado bolígrafo dorado. Ahora tenía un rotulador negro. Vio cómo la tinta de su interior iba menguando a medida que aparecían más y más recuadros alrededor de ‘Clara’. Así que la tinta procedía del rotulador que tenía en la mano... Eva se levantó tirando la silla al suelo y lanzó el rotulador negro a un rincón con todas sus fuerzas. Los cuadrados no dejaban de ser cada vez más grandes, ganando terreno. Eva se apartó lo máximo posible de la mesa. Yendo de espaldas, se cayó al suelo de bruces. Al mirar a la mesa, vio que el trazo de color negro dejaba de dibujar recuadros y descendía por la pata de la mesa describiendo círculos hasta llegar al suelo. La gruesa línea negra se acercó como una oruga serpenteante hacia Eva. ¡¿Pero qué estaba dibujando esa línea?! Incapaz de levantarse del suelo por el miedo, retrocedió a gatas, acercándose a la cama y subiéndose a ella. Entonces la línea se dividió en dos. Un tramo siguió acercándose amenazadoramente, mientras el otro se dirigía a la puerta y subía por su superficie. Una vez sobre ella, empezaba a llenarla de garabatos caóticos, tiñéndola de negro. La línea se dividió muchas veces más, y los nuevos trazos fueron hacia todas partes, pintando objetos, trepando por la pared hasta el techo... Y al fin llegaron a la cama desde abajo, por los lados, por la pared.... No se atrevía a tocar esas líneas negras. ¿Qué le pasaría si las tocaba? Seguro que nada bueno. Entonces la vio de nuevo, en medio de esa situación de locura. Una niña de su misma edad estaba agazapada en un rincón donde ya todo era negro. Tenía el rotulador negro en su mano derecha, y escribía algo en el suelo, a pesar de que no podía verse pues ya estaba todo negro. Su larguísima melena de cabella rubio liso caía por encima de su igualmente largo vestido blanco. Un ojo desmesuradamente abierto observaba a Eva entre los mechones de cabellos dorados. Era Clara. II El prestigioso psicólogo Allan Ridley observaba a través del cristal a la niña. En la sala contigua, Eva estaba sentada en el extremo del diván, balanceándose hacia delante y hacia atrás en un repetitivo movimiento. Su largo cabello moreno estaba reducido a la mitad, y sus ojos carecían de expresividad. El psicólogo suspiró y consultó las cinco hojas que había llenado de anotaciones. Cuando sus padres subieron a su habitación, encontraron a Eva sentada en su mesa, haciendo ese mismo movimiento. La habitación estaba totalmente teñida de negro a causa de los garabatos de un rotulador negro. El padre le había explicado que no se les ocurría como había podido pintarrajear toda la habitación hasta tal punto en tan poco tiempo, y además con solo un rotulador, que encontraron insertado horizontalmente en la boca de Eva, sostenido por sus dientes. También se había arrancado la mitad de su cabellera con sus propias manos. Por eso tuvieron que recortárselo. Pero lo que más le preocupaba a Ridley era el hecho de que incluso el cuerpo de Eva estaba lleno de esos garabatos. Pero sólo que no eran garabatos, sino palabras. Su cuerpo estaba lleno de una escritura infantil y temblorosa, incluso bajo su ropa. ¿Cómo demonios había podido pintarse también a si misma, escribiendo sobre su piel en lugares que el brazo no alcanza? Todo ese asunto le aterraba, pero en cierto momento juró que nunca se echaría atrás en su trabajo. Tal vez era el momento de quebrantar tal juramento... Toda la piel de Eva estaba muy enrojecida a causa de lo que les costó borrar el rotulador. Todavía quedaban muchas marcas de que lo que sus padres le habían contado era verdad. Se vislumbraban restos de letras en la parte trasera del cuello y tras las orejas. Era imposible escribirse ahí. Y también le desconcertaba la caligrafía de niño pequeño. Sólo consiguió entrever algunas palabras sobre su cuerpo enrojecido: “luminiscencia”, “advendrá”, “el ocaso” y “marcados”. A pesar de que la letra era de infante, las palabras eran bastante sofisticadas. Ridley suspiró de nuevo y se dirigió a la habitación en la que los padres de la niña le esperaban. Geoffrey Pullman era el joven de la clase que más se metía con Eva, el mismo al que Maria lanzó el bolígrafo en clase. Él, juntamente con los gemelos Josh y Shawn King, y Anne Higgins, solían utilizar a Eva como tema de conversación cuando estaban aburridos. Se reían recordando todas las caídas estúpidas de Eva, o sus comentarios absurdos... Lo recordaban y se reían. Lo comentaban y se reían con ella delante. El joven Pullman se escabulló del aula a media mañana y salió a los jardines circundantes del centro escolar, en dirección a un pequeño cobertizo que solía estar cerrado con llave. Pero ese día no. Los miércoles a esa hora siempre estaba abierto, y solamente Geoffrey Pullman lo sabía. Aún faltaban cinco minutos para la hora a la que habían quedado, pero comprobó satisfecho que la puerta estaba abierta. La ajustó tras de si como señal de que ya estaba dentro y se sentó en una pequeña silla de madera. El cobertizo era una especie de almacén de material que sólo se usaba de vez en cuando, así que no solía venir nadie. Era el lugar perfecto. El lugar perfecto para mantener relaciones sexuales con su profesora. Habían mantenido su particular relación profesor-alumno en secreto la friolera de dos años. Lo de los miércoles ya era una rutina, el tan deseado momento de disfrutar de su amor prohibido. Canturreó una canción para distraerse mientras no llegaba la profesora, hasta que vio una cosa extraña en el rincón opuesto de la habitación. Se levantó de la silla y se acercó para ver más de cerca. Una cámara de vídeo. La cogió y vio que era bastante grande y pesada. Comprobó sorprendido que era antigua, de las que iban con un videocasete. ¿Quién la habría dejado allí? Se giró y pensó que la suerte le había sonreído como nunca. Un televisor y un vídeo polvorientos estaban entre los montones de material sin uso, conectados a las correspondientes tomas. Tendría algo que hacer mientras esperaba... Tras insertar el videocasete en el vídeo, buscó el canal y apretó el botón. Lo que le mostró el televisor le dejó de piedra. Vio una escena grabada en ese mismo cobertizo. Era del miércoles pasado. ¿Quién los había grabado? Empezó a sentir miedo, mucho miedo. No podían descubrir su relación... Si lo hacían... Apretó el botón para sacar el videocasete del aparato. Cuando iba a cogerlo, oyó un ruido tras él. ¿Sería la profesora? ¿El que les había grabado en pleno acto? Al volverse vio que no había entrado nadie. El sonido procedía de otra cosa. La silla de madera ya no estaba donde la había dejado. De repente, estaba arriba en el techo, boca abajo. Era como si en ese rincón, la gravedad se hubiese invertido, pero solamente en la silla. Entonces oyó otro ruido, procedente de cerca de su pie izquierdo. Bajó la mirada hacia allí y vio cómo un rotulador de color negro pasaba junto a su pie dando vueltas. Se acercó a donde había estado antes la silla describiendo una parábola. Entonces el rotulador se puso vertical y el tapón salió despedido hacia un rincón. El rotulador se dio la vuelta y empezó a dibujar garabatos en el suelo, como si una mano invisible lo sostuviese. Pullman cerró los párpados un segundo, y en abrirlos de nuevo, vio que en menos de un instante, toda la habitación se había llenado de esos garabatos negros, incluida la única ventana, por lo que se quedó prácticamente a oscuras. Entonces, un grupo de garabatos del techo se despegaron de la superficie, convirtiéndose en una especie de cabellos negros que descendieron hasta el vídeo y sacaron el videocasete. Lo llevaron colgando de los hilos negros hasta la silla, en la que, tras pestañear de nuevo, apareció una niña sentada también del revés. Su larga melena rubia caía hacia abajo como una cortina de luz en medio de la negrura de la sala. La chica recogió el videocasete, y los hilos volvieron al techo. El joven Geoffrey Pullman, aterrado, trató de correr hacia la puerta, pero comprobó que sus piernas no le respondían debido al terror. Dirigió su mirada temerosa hacia la niña, mientras se alejaba de ella, pegándose lo más posible al montón de trastos. Entonces oyó la voz de la niña. Ésta dijo: —...Pullman... Tú eres el primero... Su voz sonaba distorsionada, como si tuviese interferencias. Parecía como si hablase a través de un teléfono o de una película mal grabada. Geoffrey tragó saliva y dijo con la voz carrasposa: —¿El primero de qué...? —De recibir la venganza. —¿La... venganza...? —Mi venganza. Con la Amnistía del Pecador te redimirás de los pecados de tu sangre... —¿Q-qué quieres decir...? ¿Mi sangre? —La Amnistía del Pecador redimirá... —¡¿Pero qué dices?! —...Los pecados de tu sangre... —¡Déjame salir de aquí! ¡Y devuélveme eso! —¿Esto? –la chica miró el videocasete–. Es parte de la Amnistía del Pecador, lo siento... —¡¿Pero de qué amnistía hablas?! —Con ella te redimirás de los pecados de tu padre a cambio de... —¡¿A cambio de qué?! —De tu vida. —¡¿Qué...?! —...Culpa a tu padre... Entonces algo agarró los tobillos de Pullman con fuerza. Gritó y miró a sus pies. Los garabatos del suelo se habían convertido en dos garras de color negro, y todos los montones de cajas y material que había tras él habían desaparecido y en su lugar ahora había un abismo de oscuridad. Las garras tiraron de Geoffrey, haciéndole caer al suelo, y luego le estiraron hasta hacerle caer en el abismo negro. Justo antes de caer vio algo. A través de las escasas rendijas que había sin pintar en la ventana vio a alguien que observaba la escena. Era Eva, sin duda alguna. Cuando la profesora llegó, se encontró con la sala toda pintada de negro. La silla y el montón de material estaban en su sitio, y el cuerpo de Geoffrey Pullman estaba estirado en medio del cobertizo, con un rotulador negro totalmente gastado en su boca, entre sus dientes. No tenía pulso. Llamó a una ambulancia, pero en cuanto llegaron, le dijeron que ya no se podía hacer nada por él. Un rato después, la policía llegó e inspeccionó el cobertizo. Mientras, un sargento tomaba declaración a la mujer, en la sala de profesores. Un policía llamó a la puerta y el sargento salió un momento. El policía le dijo nervioso una vez estuvieron solos: —Señor... Esto estaba puesto en el reproductor de vídeo del cobertizo... Creo que es necesario que lo vea de inmediato. El sargento se llevó el videocasete a la sala de profesores y lo puso en el televisor que allí había. La profesora no pudo creer lo que vio. Luego fue detenida. III Anne Higgins atravesaba la calle. Volvía a casa tras las clases de repaso. Entonces una moto paró junto a ella y el que la montaba le silbó y dijo: —¿Dónde va una dama por la calle a estas horas? ¿A ejercer su profesión secreta? Anne se volvió hacia él con una sonrisa pícara y le respondió: —Ya sabes que eso solamente lo hago los domingos por la noche... —¿Y la banda, qué? Nos tienes abandonados, Anne. El chaval melenudo tres años mayor que ella señaló el asiento de su moto con la cabeza y le dijo: —¿Te vienes a dar una vuelta? —...Vale, pero sólo una vuelta pequeña. Tengo que estar a casa a las ocho. —O tus padres dejarán de pensar que eres una niñita buena, ¿verdad? —Exacto. Entonces la muchacha sintió una presencia tras de sí. Se volvió, pero comprobó que no había nadie. Se encogió de hombros y subió a la moto. No vio cómo de detrás de una farola surgía lentamente el cuerpo de una chica con el pelo dorado que la miraba. La moto atravesaba las calles a toda velocidad, adelantando a todos los coches con peligrosas maniobras. Anne sabía que su amigo no iba a llevarle sólo a dar una vuelta. Se la llevaría a la discoteca que había en la playa, en la ciudad vecina. Tendría que decir a sus padres que se quedaba a dormir en casa de una amiga o algo por el estilo. Unos minutos después, salieron de la urbe y se dirigieron a la ciudad costera mediante la autopista que bordeaba los acantilados. Ese tramo estaba lleno de curvas peligrosas, y además la visibilidad era escasa a esas horas. En más de una ocasión, Anne pensó que iban a tener un accidente, pero al final vio a lo lejos las luces de la ciudad, así que suspiró aliviada. Entonces oyó un extraño sonido y vio que una luz la iluminaba desde atrás. En girarse, no había nada. Unos segundos después, volvió a sentir el sonido, como un murmullo, y volvieron a iluminarle la nuca. ¿Quién se les había pegado detrás, molestándola con los faros? En girarse, vio algo, pero justo entonces pasaron otra curva, por lo que lo perdió de vista. No tuvo tiempo de ver qué era. Sólo sabía que ahí detrás había algo persiguiéndoles. Empezó a asustarse. Tenía que asegurarse antes de hacer nada. Volvió a mirar hacia atrás, temerosa. Entonces llegaron a un tramo totalmente recto, por lo que lo vio perfectamente. Si la hubiesen pinchado, no habrían obtenido sangre. Una masa gigantesca de algo parecido a hilos negros se arrastraba por la carretera a toda velocidad. De la masa de líneas negras surgían cuatro brazos de ese hilo, largos y curvados como patas de un insecto, que avanzaban velozmente. De la maraña negra salían dos haces de luz, como si fuesen ojos. Anne chilló con todas sus fuerzas, por lo que el que conducía la moto se volvió sobresaltado. —¡¿Qué demonios te pasa?! —¡¿Es que no lo ves?! —¿Ver el qué? ¡Nos podríamos haber matado con ese grito! —...¿No lo puedes ver?... Cuando el joven volvió a mirar al frente, vio con estupor que una chica de la edad de Anne estaba plantada en medio de la carretera. Su largo vestido blanco ondeaba al viento, junto con su melena rubia y lisa. No tuvo tiempo de reaccionar. Era imposible no atropellarla. La imagen de la chica se acercó como el destino fatal que viene hacia uno a toda velocidad. Justo antes de chocar contra ella, Anne hubiese jurado que en el último momento vio a Eva. Unos minutos después, encontraron los cuerpos de Anne Higgins y de su amigo sin vida sobre el asfalto, con la moto en un rincón de la carretera. En la boca de la muchacha había un rotulador negro, y sobre su pecho un videocasete. Cuando la policía lo visualizó, vio una grabación de la banda a la que Anne y el chico habían pertenecido. Hacía un año, una banda de delincuentes robaron todo lo que llevaba de valor un conocido cantante y le mataron, dejando el cadáver en un callejón. El videocasete mostraba la escena del asesinato, y dos de los que lo perpetraron eran Anne y el chico. IV Josh King, el tercero de los alumnos que solían meterse con Eva, atravesaba los pasillos de la escuela al día siguiente. Geoffrey Pullman y Anne Higgins habían perecido. Lo había visto en los diarios y en las noticias. Eso le inquietaba, pero no le daba miedo, como a su hermano gemelo Shawn. Dijo que era Eva, que en realidad era una psicópata y que iría a por ellos uno por uno. Qué estupidez... Eva matando a alguien... Seguro que se mataría a si misma, con lo torpe que era. Ya habían terminado las clases, pero todavía no podía volver a casa, aún tenía algo que hacer. Shawn se había largado corriendo a casa, qué miedica... Pero él tenía que acudir a la cita, o si no ambos estarían en serios problemas. Miró al cielo ya oscurecido, y maldijo al tiempo loco del invierno, mientras se encaminaba hacia el edificio anexo de la escuela, abandonado y en ruinas. Mientras atravesaba el vestíbulo, jugueteaba con su preciada navaja, sacando y escondiendo la hoja. Agradeció el haberse acordado de llevar una linterna, dada la oscuridad que reinaba en el edificio cochambroso. Atravesó largos pasillos tétricos con el techo lleno de agujeros y con los fluorescentes colgando del cableado como trampas mortales. Al fin llegó a las escaleras que subían hacia la segunda planta y fue hacia ellas decidido, tocando la bolsita de plástico que llevaba en el bolsillo. Ya hacía un tiempo que él y su hermano Shawn se habían metido al mundo del tráfico de drogas. Se habían hecho camellos. No solían consumir drogas, solamente unos porros de vez en cuando. Pero traficaban con todo: marihuana, hachís, cocaína... Se habían convertido en excelentes vendedores. Esa ‘fama’ había hecho que vinieran a ellos unos clientes generosos, pero también muy peligrosos. Josh subía las escaleras con el corazón a cien. No le preocupaba en absoluto Eva. Lo que de verdad le aterraba era tener que ver a esa gente a solas. Insultó mentalmente a su hermano, mientras giraba en el rellano de las escaleras y se dirigía hacia el último tramo hacia la segunda planta. Entonces oyó un siseo a su espalda. ¿Le habrían tendido una trampa para apalearle y robarle la droga? Tragó saliva y se volvió asustado. Cuando lo vio no pudo creérselo. Al comienzo de la escalera, estaba Eva medio oculta. ¿Qué demonios hacía allí? —¡¿Qué quieres, niñata poseída?! –le espetó. Eva le siguió mirando, amparada por las sombras. Su mirada era malévola, diabólica. Lo miraba con unas marcadas ojeras entre sus mechones de cabello de color azabache. Entonces desapareció sumiéndose en la oscuridad, deslizándose hacia un lado, como si fuese una figura de cartón de una atracción de feria. Josh se quedó unos segundos allí inmóvil, sin saber qué hacer. Tenía que acudir a la cita, así que continuó subiendo. Atravesó el último tramo de escaleras corriendo, mirando hacia atrás por si Eva le seguía. Comprobó aliviado que no, y volvió a mirar al frente, topándose de cara con una chica de cabello rubio. Del susto, cayó por las escaleras rodando, hasta el lugar desde el que había visto a Eva. Al volver a mirar hacia arriba, vio que la chica en lo alto de las escaleras llevaba un largo vestido blanco, y unos ojos aún más aterradores que los de Eva lo miraban entre los largos cabellos lisos. Entonces se giró lentamente hacia la derecha, desapareciendo por el marco de la puerta. Josh subió corriendo y salió al pasillo. Miró hacia la derecha, pero no había ni rastro de la chica. El sudor frío empapaba su cuerpo. Miró nervioso hacia todas direcciones y echó a correr a la izquierda, en dirección al lugar de la reunión con sus clientes. Josh empezó a notar un dolor en el pecho. No estaba acostumbrado a correr tanto. Se detuvo, apoyándose en la pared, respirando entrecortadamente. Se volvió preocupado. Incluso con la linterna, no podía ver más lejos de dos metros en toda esa oscuridad. Respiró hondo y trató de tranquilizarse. No podía ponerse así por la idiota de Evangeline. Y en lo que respectaba a la chica rubia... Zarandeó la cabeza y siguió andando, a un ritmo más calmado. En el fondo del oscuro pasillo ya vislumbraba la puerta que llevaba a la gran aula abandonada donde debía efectuar la entrega. Ansiando marcharse de allí, avanzó el paso. Entonces oyó de nuevo un siseo tras él. Se volvió airado y temeroso. No era Eva. Ni la chica rubia. No había nada, pero seguía oyendo ese sonido. Un murmullo creciente. Entonces vio al fondo del pasillo dos luces, como dos ojos. Las dos luces se acercaban a él a gran velocidad, y el sonido aumentaba por segundos. Horrorizado, echó a correr de nuevo, hacia el aula al final del pasillo, perseguido por las dos luces. Entonces la luz de la linterna se apagó, por lo que se quedó completamente a oscuras. El sonido que venía de atrás se hizo más fuerte, y empezó a oír unas voces. Suspiros, o más bien lamentos de ultratumba. Entonces sintió que algo le agarraba y le hacía caer al suelo. Vio que las dos luces se acercaban cada vez más, y pugnó con todas sus fuerzas por librarse de lo que le apresaba el pie. Vio con horror que era una mano fría y huesuda. ¿De quién? No importaba, tenía que zafarse, o si no... Entonces se acordó de su preciada navaja que siempre llevaba encima. La sacó y seccionó furioso uno de los dedos. La mano le soltó y oyó un profundo alarido de mujer. Vio también cómo los dos ojos de luz se detenían y retrocedían hasta perderse en la infinidad oscura del pasillo. Con las piernas temblorosas, se puso en pie. Cayó, pero volvió a levantarse, dirigiéndose al aula. Una vez dentro, cerró la puerta tras de si y buscó el interruptor, nervioso. Lo encontró, pero por mucho que lo accionó, no hizo nada. Entonces se acordó de que el edificio estaba abandonado, por lo que no había electricidad. Se percató de que estaba en el aula donde debía entregar la droga, así que sus clientes tal vez ya estuviesen ahí. —¿Ha-hay alguien ahí...? Nadie respondió. Josh King avanzó a tientas por entre la oscuridad, en busca de encontrar a alguien. No se percató. No se dio cuenta de que tras él, en el techo, una figura surgía de las planchas metálicas y se quedaba colgando. Un cuerpo de chica con una larga melena surgió del techo como si éste fuese de agua. Los pies estaban sujetos al techo, por lo que colgaba como un cadáver. La figura se dio la vuelta hasta estar de cara a la espalda de Josh. Extendió los brazos hacia él y avanzó lentamente, con dos luces en lugar de ojos. Unas manos le agarraron la garganta, tratando de estrangularle. Josh se sorprendió, pero reaccionó a tiempo, clavando profundamente su navaja en el brazo izquierdo del atacante. De inmediato, los brazos le soltaron, y él se alejó y se dio la vuelta. La chica del vestido blanco y la melena rubia bajó del techo. Se plantó en el suelo con suma facilidad, y avanzó lentamente hacia Josh. Éste vio la herida que acababa de inflingirle en su brazo izquierdo, y también que le faltaba un dedo de la derecha. El que había cortado en el pasillo. Josh corrió hacia el lado contrario del aula, chocando con una mesa y cayendo al suelo. Entonces se iluminaron los fluorescentes. Pero no con su habitual luz blanca azulada, sino con una horrorosa tonalidad roja, roja como la sangre. Esa tonalidad ofrecía una terrorífica visión de la chica que se acercaba extendiendo los brazos hacia él. Pero entonces se detuvo. Un rotulador negro cayó al suelo, como si lo hubiesen tirado desde el techo. Josh lo miró confuso, entonces vio más confuso aún como la chica se agachaba y cogía el rotulador. Y se puso a escribir algo en el suelo. Lo escribió del revés, de forma que él pudiera leerlo: “La luz ensucia las tierras malditas de la señora del reino de almas apenadas. Cuando la luminiscencia sea sombra eterna advendrá la Era de Oscuridad y todo será tierra yerma. Cuando la sombra venza, los marcados por la llama ascenderán y así veremos el ocaso con la venida del futuro que heredarán” ¿Qué demonios significaba aquello? Entonces vio como el trazo de esas palabras, que era tembloroso e infantil, se convertía en un montón de líneas con vida, que cubrieron la totalidad de la habitación. Todo se pintarrajeó de color negro. Y la figura de la niña, bañada por la luz roja, se puso en pie. Dejó caer el rotulador al suelo, y sacó algo de un bolsillo de su vestido. Una pistola. Pero no una cualquiera. Josh la reconocía. Era la pistola de su padre, que éste guardaba celosamente en su despacho. Lo apuntó con la pistola de su padre. Y entonces despareció. ¿Dónde había ido? De repente notó el frío contacto del cañón de la pistola en su nuca. La chica estaba a su espalda. Iba a disparar. Le iba a matar allí, de esa forma tan... Entonces habló: —King... tú eres el tercero de mi venganza... Todas las Presas por las que corre la sangre maldita tienen que pasar por la Amnistía de los Pecadores... —...¿Qué...? Entonces dejó de sentir la pistola presionando en su nuca. La luz se volvió de su tonalidad normal. Los garabatos negros y el rotulador habían desaparecido. Tragó saliva y se volvió lentamente. Que no esté, que no esté, que no esté, que no esté... Tras él no había nada. Ni la chica ni la pistola. Una vez estuvo en la calle, salió de los terrenos del colegio y empezó a andar hacia su casa. Pronto llegó a la zona residencial, donde vivía la mayor parte de los alumnos del colegio. Entonces su mirada se dirigió por casualidad a una ventana de la segunda planta de una de las casas. En el cristal había las manos y la cara de alguien pegadas al cristal, con la piel blanca como la nieve. Tras pestañear, desapareció. Era la casa de Eva. Muerto de miedo y llorando, empezó a correr hacia su casa. Maria, Ian y Mark se dirigían en esos momentos hacia el colegio. —¿Me haré pesado si repito la estupidez de este plan? –dijo Ian. —¡Deja de quejarte! –le espetó Maria. —Vamos al colegio de noche –explicó Mark–, para comprobar si hay algún fantasma que poseyera a Eva. Tenemos que tomárnoslo en serio. —No sé cómo puedes decir que nos lo tomemos en serio después de decir eso... –dijo Ian, suspirando y sacando del bolsillo un pequeño libro que tenía a medio leer. —¿Qué más explicación puede haber para el comportamiento de Eva? –replicó Mark. —Pues antes que una posesión –señaló Ian–, yo pensaría en otras posibilidades, por lo menos factibles. —No perdemos nada yendo –dijo Mark. Ian pasó la página y dijo mientras seguían andando: —¿Y si efectivamente hay un fantasma y nos posee a los tres? Alguien debería quedarse fuera por si acaso, ¿no? Y yo soy el candidato perfecto... —¿Por qué tú? –dijo Maria enojada. —Primero: porque yo he propuesto que alguien se quede fuera, y segundo: porque no creo que Eva esté poseída. —¡Pues bien que todo lo que escribes va de cosas así! –se quejó Mark. —Todavía sé distinguir la realidad de la ficción, no como otros... ¿Eh? Vaya, ahí viene uno que parece, efectivamente, haber visto un fantasma... Josh King se acercaba corriendo, con la cara surcada de lágrimas y con una expresión de puro terror. Pasó junto a ellos sin ni siquiera mirarlos. Lo único que le importaba era llegar a su casa. Maria lo detuvo agarrando su brazo, y le obligó a girarse. —¿Qué demonios te pasa, Josh? —¡Dé-déjame! ¡Suéltame, antes de que venga! —¿Que venga qué? –inquirió Ian, guardando el libro de bolsillo. —¿No lo oís? ¿No oís su voz? Maria, Ian y Mark intercambiaron una mirada de incomprensión. —¿Qué te ha pasado, Josh? –dijo Mark. —¡¡Que me dejéis!! Maria iba a decir algo, pero Ian se adelantó, y cogió a Josh por el cuello de la camisa. Josh King lo miró confuso y asustado. Maria se sorprendió de ver a Ian tan decidido, alejado de su pasotismo habitual. Amenazó a Josh de forma efectiva y concisa: —Dinos ahora mismo qué te ha pasado, o lo que sea lo que dices que te persigues te va a atrapar, pues no pienso soltarte hasta que nos lo cuentes. Josh permaneció en silencio unos segundos, vacilante. Luego empezó a hablar. No se molestó en contar una mentira. Ya le daba igual. Además, necesitaba contarlo, ni que fuese a ellos. Tras oírlo todo, dejaron marchar a Josh. Se quedaron allí inmóviles, sin saber cómo reaccionar. —Retiro todo lo que he dicho de vosotros... –dijo Ian– Ése sí que no distingue realidad de ficción... Mark tragó saliva y aventuró: —¿Pero y si... fuera cierto? —¿Cómo dices? –inquirió Maria arqueando una ceja– Todo lo que ese palurdo ha contado ya es demasiado... —Bueno, no tanto... –se defendió Mark– ¿Os acordáis del nombre que escribió Eva? Tal vez sí haya un fantasma, Clara, y muriese en el colegio o algo parecido... —¿Y por qué querría vengarse de Josh? –dijo Maria confusa. —Y de Geoffrey y Anne –apuntó Ian–. Los dos han muerto en estos últimos días en circunstancias extrañas... ¿Tal vez fueran también “Presas”? Pero lo único que esos tres tenían en común era... —...Que los tres se metían con Eva... –dijo Maria. —Pero entonces –dijo Mark–, parece que sea Eva la que se esté vengando, no la supuesta fantasma... —O tal vez –aventuró Maria– es que la tal Clara también tenía algo en contra de ellos, y por eso buscó a alguien que compartiese la enemistad con esos tres... —Con esos tres o con su sangre... –dijo Ian pensativo. —¿Cómo? —El fantasma le dijo a Josh que las Presas eran los que tenían la sangre maldita, ¿no? –explicó Ian. Mark arrugó el entrecejo y dijo: —¿Qué quieres decir con su sangre? —Que tal vez no se vengue de esos tres, sino de su sangre, de su familia. —¿Quieres decir –empezó Maria– que las familias Pullman, Higgins y King le hicieron algo al fantasma? —Suena más lógico, ¿no? –dijo Ian. Maria dijo: —Entonces tal vez deberíamos informarnos sobre si hubo alguna chica de quince años llamada Clara que muriese en el pasado, ¿no? —En tal caso deberíamos ir a ver a Hugo –dijo Mark. —¿A Hugo Kautsky? –dijeron Ian y Maria a la vez. —Bueno, ya sé que es un viejo cascarrabias, pero es ex-policía y estuvo de servicio durante mucho tiempo. Es posible que conozca el caso si es que se produjo. Así pues, de mala gana, los dos accedieron a ir a ver al viejo Hugo. Josh llegó a casa hecho un mar de lágrimas, empapado de sudor frío, con los ojos como platos, una expresión de terror y un nerviosismo extremo. Cerró la puerta tras de si con un portazo y se dejó caer al suelo, respirando entrecortadamente. Su madre estaba en una cena de ex–alumnos, por lo que sólo había en casa su padre, Philip King, y su hermano Shawn, que lo había abandonado a su suerte. Ambos fueron hacia la entrada, atraídos por el portazo. Cuando su padre vio el estado de su hijo, corrió hacia él. Shawn se mantuvo inmóvil. Tenía razón. Eva les perseguía para asesinarles. —¡Josh! ¡¿Josh, qué te ha pasado?! ¡¡Contéstame!! Josh dirigió sus ojos atemorizados a su padre, y procedió a contarle a él también lo que había pasado, con voz monótona. —¿Ha-has dicho... con una larga melena lisa y rubia... y un vestido blanco? –dijo su padre con expresión aún más asustada que la de su hijo. —¿La conoces...? –dijo Josh confuso. —N-no, no, claro que no... —¡Te lo dije! –dijo Shawn también al borde del ataque de nervios– ¡Era Evangeline! ¡Lo sabía...! Después de ese incidente en clase... —¿Qué incidente? –inquirió confuso su padre. —Cuando escribió ese nombre por toda la pizarra como si la hubiesen poseído... –explicó Shawn. —¿Qué nombre...? Josh dijo lentamente: —...Clara... La tez de su padre empalideció de repente. —¿Qué... has dicho...? —Esa chica escribió algo en el suelo, con un... —...¿Rotulador negro? —¡¿Cómo lo sabes?! –dijo Josh atónito. —¿Q-qué escribió, hijo...? —No me acuerdo... Parecía un poema, pero era muy raro... —...“La luz ensucia las tierras malditas de la señora del reino de almas apenadas. Cuando la luminiscencia sea sombra eterna advendrá la Era de Oscuridad y todo será tierra yerma. Cuando la sombra venza, los marcados por la llama ascenderán y así veremos el ocaso con la venida del futuro que heredarán”... Shawn dio un paso atrás. —¿Papá...? —¡Maldita sea! ¡¡Joder!! –maldijo Philip King, levantándose y golpeando la pared– Esa bruja ha vuelto… Entonces lo de Pullman y Higgins no fue casualidad... —¿Conocías a los padres de Geoffrey y Anne? –dijo Shawn, cada vez más incapaz de creerse todo aquello. Su padre asintió apesadumbrado, y dijo: —Geoffrey King mantenía relaciones con su profesora... Anne fue una de los responsables del asesinato de ese cantante hace un año... Por culpa de las películas que aparecieron junto a los cuerpos, sus padres, importantes abogados ambos, han perdido su trabajo... Esa bruja mató a sus hijos y se lo arrebató todo... Y ahora viene a por mí... ¡¡Josh, Shawn!! ¡Encerraos ahora mismo en vuestras habitaciones! Y no salgáis por nada del mundo... —¿Y para qué queréis saber eso a estas horas? –dijo Hugo Kautsky enojado, en el marco de la puerta de su casa. —¡Por favor, señor Kautsky, es muy importante! –suplicó Maria. El ex–policía permaneció unos segundos en silencio, observando a esos tres chicos. En otras situaciones, les habría hecho marchar de malos modos. Pero esa vez era diferente. Veía algo en ellos. Intuía algo. Tal vez sería la oportunidad de poder explicar a alguien por fin lo que ocurrió en ese tétrico caso. —...Venga, pasad. El viejo Hugo se acomodó en su sillón, mientras Maria, Ian y Mark se sentaban en el sofá de enfrente, ante el fuego de la chimenea. Hugo exhaló una nube de humo con su antigua pipa de madera, y dejó que le embargaron los horrendos recuerdos de ese caso, hacía treinta años. Por mucho tiempo que pasase, nunca sería capaz de olvidarlo. —A ver... ¿por dónde empiezo? Efectivamente, hubo una chica de quince años llamada Clara que murió. Hace ya treinta años. Los tres chicos se miraron. Estaban en lo cierto. —Encontramos su cadáver enterrado en el patio de la escuela del barrio –prosiguió Hugo Kautsky–. La forma en la que dimos con él no tiene importancia. Más bien, es que no se puede explicar. Yo y mi compañero lo hallamos. Sentimos algo, como una voz, que nos guió hasta allí. Pero lo más extraño fue lo que encontramos. Había una pequeña cueva subterránea escondida bajo un montón de tierra. En el interior estaba el cadáver. Una chica con un largo vestido blanco y una bella cabellera rubia. Volvieron a intercambiar una mirada. Coincidía con la descripción de Josh. —Clara Grey, se llamaba. Tuvo una infancia complicada. Tenía un trastorno mental, y sus padres no la querían por eso. La tuvieron encerrada en su casa toda la vida. Se ve que Clara solía pasar el rato practicando caligrafía, pues escribía muy mal. No recibió una escolarización, por lo que escribía como una niña pequeña. Entonces, un día huyó de su casa, dejando una nota con esa letra de niña, en la que puso: “Me marcho al fin”. Fue a parar al colegio, donde encontró su muerte. Cuando encontramos el cuerpo, vimos que había sido asesinada hacía dos días, a causa de un estrangulamiento. Tenía un rotulador negro ensartado en la boca, y todo su cuerpo había sido pintarrajeado con ese rotulador. Vimos que no eran simples garabatos, sino que estaba llena de palabras. Era una especie de poema, escrito sobre su piel. Encima de su pecho había una cámara de vídeo con un videocasete dentro. En cuanto lo vimos, nos horrorizamos. Tres chicos de su edad, ocultos por unos mantos negros, apalizaron a la pobre chica, y al final la estrangularon, matándola. Hicieron una especie de rito con su cuerpo. —¿Un rito satánico? –inquirió Ian. —No... No eran adoradores del Diablo. Por lo que descubrimos, esos tres crearon una secta con unos ideales propios. No creían en Dios y en el Diablo, sino en la Luz y la Sombra, aunque viene a ser lo mismo. Querían que la Sombra engullese la Luz del mundo, engendrando una era de tinieblas, o algo así. Clara Grey era pura, solía vestir de blanco y tenía una larga melena dorada. Era perfecta para su rito de conversión de la Luz a la Sombra. Llamaban a ese rito ‘Amnistía del Pecador’, y el sacrificio era la ‘Presa’. La mataron, hicieron un rito, y le escribieron ese poema, esa canción infernal, de color negro en su cuerpo. Luego tiraron su cadáver a esa cueva. Le metieron el rotulador en la boca y dejaron sobre su pecho el videocasete en el que grabaron esa atrocidad. Nunca pudimos encontrar a esos tres bastardos. No hay nada que me haya dolido tanto en mi vida de policía como el no encontrar a los responsables del asesinato de Clara Grey... Los tres chicos se quedaron en la calle inmóviles, tratando de ordenar las ideas. —Ahora todo tiene sentido... –dijo Maria. —Sí, pero –objetó Ian–, entonces, si Clara quería matar a la descendencia de Pullman, Higgins y King, que fueron los tres que la mataron, para hundirlos completamente, ¿por qué dejó vivo a Josh? —Tal vez quiera matarlo de otra forma... –dijo Mark. —Entonces debemos darnos prisa –dijo Maria–. Pues donde esté Clara, estará Eva. Josh estaba sentado en su cama, mirando nerviosamente a cada rincón de su habitación. Ya no podía soportar más esa situación. Se sentía al borde de la desesperación. Entonces vio algo a los pies de la cama. Algo se movía por el suelo al lado de su cama. No podía ver qué era, sólo veía un bulto negro que subía y bajaba. Dio un respingo del susto. Otra vez no... Sintió una respiración justo en su nuca. Se volvió lentamente, y vio que tras él había el cuerpo de la chica colgando del techo, con su cara del revés a poca distancia de la suya. Cogió la cabeza de Josh con sus dos manos frías y huesudas, donde faltaba un dedo que él había cortado. Los grandes ojos lo miraban directamente a los suyos. Abrió sus rojos labios, y de dentro de su boca surgió y cayó un rotulador negro sobre la cama. Entonces le inclinó la cabeza hacia atrás, haciendo que Josh viera el objeto negro que había a los pies de la cama. La cosa se levantó y se le acercó. Un gran amasijo de líneas negras, como echas por ese rotulador, conformaban ese ser, que tenía dos grandes haces de luz en los ojos. Entonces se formó una grandiosa boca en su superficie, que abrió de par en par y acercó lentamente a la cabeza de Josh. ¿Iba a devorarlo? No tenía ánimos de gritar. Ni de tratar de escapar. Tarde o temprano lo atraparía. No quería seguir viviendo así. Entonces, todo desapareció. Josh se bajó de la cama tembloroso. Entonces comprendió por qué la chica le había mostrado la pistola de su padre. Así que eso era lo que quería. Le daba igual. Prefería hacerlo así que esperar a que volviese a por él. Avanzó tambaleante hacia el despacho de su padre. Maria, Ian y Mark ya habían llegado ante la casa de los King, y estaban a punto de llamar al timbre cuando oyeron el sonido de un disparo. V —Pero lo... ¿lo habéis oído, verdad? –dijo Mark. —...¿Qué hacemos? –dijo Ian– Ya han pasado diez minutos desde que oímos el disparo... Entonces vieron cómo alguien salía corriendo de la casa por la puerta trasera, y salía del jardín saltando la valla. —¡Es Shawn! –dijo Maria. Los tres dieron la vuelta a la casa, decididos a perseguir al gemelo de Josh. Shawn atravesó corriendo la carretera que pasaba justo detrás de su jardín. Justo cuando los demás llegaron allí, tuvieron que detenerse cuando pasó un enorme camión. Cuando hubo pasado, vieron que no había ni rastro de Shawn. Al otro lado de la carretera había un pequeño bosquecillo. Era parte de los terrenos del colegio. Atravesando ese bosque se podía llegar a la gran explanada de hierba que había ante el complejo escolar del barrio. Se apresuraron a internarse entre los árboles, con un mal presentimiento. ¿Sería Clara la que les estaría atrayendo hacia su tumba? Josh sorteaba los árboles que se cruzaban en su camino a toda velocidad. En más de una ocasión estuvo a punto de caerse o de estamparse contra un árbol, pero consiguió evitarlo. Salió de la espesura de los árboles y siguió corriendo por la hierba, viendo al otro lado de la pequeña explanada el altísimo edificio. Estaba muy oscuro, y daba una sensación tétrica. Mientras corría en dirección a la escuela, pensó en Eva. Se había metido con ella pocas veces, pero lo había hecho. Y todo por imitar a su hermano como un borrego. Shawn sacaba muy buenas notas, y era muy inteligente, a diferencia de su hermano Josh. Pero aún así, Shawn le envidiaba. A pesar de no tener nada de especial, Josh tenía muchas amistades. Tal vez no las adecuadas, pero amistades al fin y al cabo. Shawn ansiaba tener amigos, pero las relaciones interpersonales simplemente no eran lo suyo. Por eso imitaba a su hermano, para integrarse en su círculo de amigos. Se metió con Eva, e incluso llegó a vender droga con Josh... Todos sus errores desfilaron ante sus ojos. Un dolor empezó a oprimirle el pecho. Fue aminorando el paso. Comprendía a Eva. En el fondo, tenían muchas cosas en común. Y aún así, él había herido sus sentimientos. Eva le estaba llamando. No quería hacer como su hermano. Él había huido quitándose la vida, así que ahora Eva venía a por él. Hasta que no se vengase de todos no se detendría. Shawn cayó de rodillas. Tenía que aceptar el castigo. Sabía que no podía huir. Ya era demasiado tarde. Prefería morir liberando a Eva de su sufrimiento a hacer como Josh y elegir el camino menos doloroso. Por primera vez en la vida, iba a tomar una vía que no fuese la fácil. Miró al altísimo edificio. Ahí estaba. Ante una ventana del pasillo del tercer piso. Shawn cerró los ojos un instante, y vio que había desaparecido. Entonces, apareció algo que le hizo caer al suelo del miedo. Todas las ventanas empezaron a llenarse de palabras que se iban escribiendo solas, con tinta negra. Cuando absolutamente todas las ventanas estuvieron de color negro, de ellas empezaron a surgir hilos de ese color que se fueron entrelazando entre ellos. Al final, todo el edificio quedó completamente negro. Las dos puertas de la entrada se abrieron de par en par. Y tras ellas no estaba Eva, sino una chica de su edad, con un largo vestido blanco y el cabello rubio. La chica empezó a avanzar lentamente hacia donde se encontraba él. Cuando Shawn miró hacia arriba, casi se desmaya. En lo alto, de la azotea surgió una inmensa mole que se levantó hasta alcanzar casi la misma altura que el edificio. Un gran ser de color negro, con dos luces en lugar de ojos. Una grandiosa mandíbula apareció bajo esos haces, y se abrió amenazante. Entonces, cuando volvió a dirigir su mirada hacia abajo, vio que la chica estaba de repente justo enfrente de él, a dos palmos. Las manos frías y huesudas agarraron su cuello y lo levantaron. Entonces, cuando estaba a punto de estrangularlo, una voz interrumpió: —¡Detente, Eva! Maria, Ian y Mark veían sin poder creérselo cómo su amiga Evangeline trataba de estrangular a Shawn King. Éste miró confuso a la chica. Definitivamente no era Eva, sino una chica completamente distinta. Clara. Sin embargo, Maria, Ian y Mark no eran las Presas de Clara, así que veían la realidad. Eva, poseída por Clara, era la que había matado a Geoffrey, Anne, y había obligado a suicidarse a Josh. Maria avanzó hacia ellos, dispuesta a detener a Eva. Pero la chica soltó a Shawn y salió corriendo, perdiéndose en la oscuridad. Los tres fueron en su busca, conscientes en el fondo de que no podrían atraparla. Cuando Shawn volvió a su casa, su padre no estaba. Se dijo a si mismo que volvería enseguida, pero en el fondo era consciente de la verdad: había huido, estaba seguro. Saber lo que su padre hizo de joven corroboró todos los temores que tenía acerca de él. Tras el suicidio de Josh, se lo contó todo. Seguro que ahora andaría bien lejos, tratando de no estar ahí cuando Shawn muriese y encontrasen el videocasete en el que se vería a los dos hermanos traficando con droga. Pero no sería así. Se había salvado. Justo antes de soltarle, Eva se lo miró unos segundos. Le dirigió una mirada de compasión. No le dijo nada, pero de alguna forma Shawn fue consciente de que le había perdonado. Tal vez porque había ido a buscarla y no se había resistido, no había huido. Fuese lo que fuese, se lo agradecería eternamente. Ahora se había dado cuenta de todos sus errores y tendría una segunda oportunidad para enmendarlos. Subió a su cuarto, pensando. ¿Cómo podría ayudar a Eva? Recordó algo. El día en que todo empezó, con el incidente de la pizarra. Aburrido en su sitio, Shawn había estado observando al resto de la clase. Y vio a Eva cuando pronunció por primera vez ese nombre. El nombre de la chica que su padre mató. Lo leyó del libro de texto. Entró en su habitación y buscó el libro de la clase en cuestión. Se sentó en su mesa y empezó a pasar hojas. ¿Dónde estaría lo que inició todo aquello? ¿Sería “algo” en realidad, o solamente otra de las ilusiones de Clara? Tras mucho rato de buscar, cuando los ojos empezaban a cerrársele, al pasar la antepenúltima hoja, se encontró con una foto que ocupaba dos hojas enteras. Un enorme retrato en blanco y negro de Clara. Entonces la cabeza de la mismísima Clara surgió del libro, mirándole directamente a los ojos, a unos escasos diez centímetros de su cara. Todo su cuerpo surgió del libro y se quedó de pie sobre la mesa de Shawn. Éste cayó al suelo, y empezó a alejarse aterrido. No le había perdonado. Pero qué idiota había sido. Clara bajó de la mesa. Shawn vio cómo dirigía su mano hacia sus labios y la metía completamente dentro de su boca. Al sacar la mano, tenía en ella un rotulador negro. El rotulador con el que su padre, y los de Geoffrey y Anne marcaron su cuerpo con el poema macabro que compusieron para sus ritos a la Sombra. VI Maria, Ian y Mark atravesaban el bosque tan rápido como sus piernas se lo permitían. Entonces llegaron a un pequeño claro. Los árboles de alrededor crecían hasta prácticamente esconder el cielo nocturno, envolviéndolo todo en sombras. Ante ellos había un enorme y negruzco roble. Estaba más que muerto. Y ahí, entre sus raíces, había un disimulado agujero excavado en la tierra. Los tres se miraron, tragaron saliva y asintieron. Luego, se metieron uno a uno en el agujero que llevaba a la tumba de Clara. El agujero perfectamente circular descendía y descendía perpendicularmente sin cesar. Acabaron perdiendo la noción del tiempo. Ese túnel llevaba directamente al infierno. Ian iba delante, alumbrando el paso con una linterna que habían tenido la sensatez de coger, mientras iban avanzando de rodillas en ese pozo de oscuridad. Entonces Maria exclamó: -¡¿Qué demonios...?! ¡¿Qué es eso de la pared?! Ian enfocó el haz de luz presuroso hacia la pared de tierra, piedras y raíces, y vio que empezaba a supurar goterones de un líquido negro, que descendía lentamente. Era tinta negra. El túnel empezaba a rezumar la tinta con la que fue embadurnada Clara. Tragaron saliva, y, sin intercambiar ningún comentario, siguieron descendiendo. Finalmente, el túnel llegó a su fin. Llegaron a una pequeña cueva. Dirigieron la linterna por el lugar y descubrieron que todo estaba lleno de la tinta negra. En el suelo se había acumulado tanta, que cubría hasta unos centímetros por encima de los pies. Entonces vieron una gota caer en ese charco negro, creando una onda en su superficie. Al enfocar arriba, todos se quedaron mudos. Maria apartó enseguida la vista y se tapó la boca, reprimiendo las ganas de vomitar. Unas raíces surgían de lo alto de la pequeña cueva y se enredaban a través de un cuerpo. Una chica estaba suspendida entre las raíces, y era una gota de su sangre lo que cayó en la tinta negra. Ian desplazó lentamente la linterna, descubriendo tres cadáveres más, igualmente colgados como el de la chica. Los reconocieron al momento: eran Geoffrey Pullman, Anne Higgins y los gemelos Josh y Shawn King. Y, en el fondo de la cueva, había un último cadáver. Ya no quedaba carne en él, y apenas huesos. Era una estrecha silueta marrón, reposando sobre la pared. Las raíces la mantenían en una posición que parecía estar crucificado. Bajo ese cuerpo, sentada sobre una roca, estaba Clara, con su larga melena rubia y su vestido blanco. Sonreía con una amplia sonrisa. -¡¿De quien es ese otro cuerpo?! –exclamó Maria sin poder contenerse– ¡¿A quién más has matado?! Clara se echó a reír, y después dijo: -Error. Ése es mi cuerpo original. Así que ese era el cuerpo de Clara, que los padres de Geoffrey, Anne y los gemelos mataron, llenaron de versos extraños y dejaron en esa cueva, siguiendo sus extraños rituales. -Deja en paz a Eva –dijo Ian–. Abandona su cuerpo. -¿Eva? ¿Y quién es ésa? –inquirió divertida Clara. -¡No te hagas la sueca! –bramó Maria furiosa. -¿Por qué no sales de su cuerpo? –inquirió Mark– Ya has cumplido tu venganza, ¿verdad? Aquí están los cadáveres de los descendientes de los que te mataron, ¿no? Ya no tienes porqué seguir aquí, ya te has vengado... Clara empezó a soltar unas risitas, hasta estallar en una enorme carcajada. -Venganza, dices... –dijo entre risotadas– Sí, me he vengado de ellos. Pero eso no significa que mi cometido se haya cumplido todavía... El poder que me devolvió a la vida no está satisfecho todavía. Tengo que entregarle más almas... -¿A qué te refieres? –inquirió Ian sin comprender. -Yo soy el ejecutor elegido –explicó Clara–. Las almas de mis sacrificios producen el Dolor. El Dolor le alimenta. -¡¿A quién?! -Al poder que me devolvió a la vida –repitió Clara–. Él elige a los Portadores del Dolor. Con su poder, hace realidad nuestros temores, que usamos para atrapar y ejecutar a las víctimas, para alimentarle con su Dolor. -¿Así es cómo creas tus ilusiones? –inquirió Maria. -Sí. -Así que para hacerlo necesitabas un cuerpo –apuntó Ian–, pues por mucho que te devolviera a la vida, tu cuerpo ya no es más que unos huesos inservibles. Por eso te adueñaste del cuerpo de Eva... -Exacto –reconoció Clara–. La elegí a ella porque atesoraba el mismo pesar que yo cuando estaba viva... Ju ju... Seguiré matando. Vosotros sois los siguientes. No podéis matarme. Cuando llegue el momento, yo también desapareceré, entregándole también mi Dolor, gustosamente. Clara bajó de la roca de un salto, y se dirigió peligrosamente hacia Maria, Ian y Mark. Entonces, las raíces dejaron caer los cuerpos de Geoffrey, Anne, Josh y Shawn sobre la tinta negra. Los cuerpos, ahora cubiertos de tinta, se pusieron en pie, como imbuidos de nuevo con la vida. Las raíces de pronto se convirtieron en las líneas del rotulador negro, y descendieron como si fueran hilos, hasta los cuatro cuerpos. Y como si las cuerdas de unos títeres se trataran, hicieron que empezaran a moverse hacia los chicos. Maria gritó sin poder reprimir su miedo, y los tres dieron un paso atrás, sin saber qué hacer. Clara lo observaba todo desde atrás, sentada de nuevo sobre la roca bajo su cuerpo crucificado. Entonces, de pronto, sintió un enorme dolor en el pecho. Soltó un grito desgarrador. Las líneas negras soltaron a los cuerpos y desaparecieron. Por su parte, los cuatro cuerpos se convirtieron a su vez en más tinta negra, uniéndose con el charco. Clara se sostuvo la cabeza que sentía a punto de estallar, mientras no dejaba de gritar. Entonces, Ian, Maria y Mark vieron que de repente Clara desapareció, sustituida por Eva. Su amiga sacó una mano de su cabeza y buscó en el bolsillo de su pantalón. Lo que sacó: su preciado bolígrafo de color dorado. Entonces, la apariencia de Clara regresó. Observó con pavor su mano derecha, que se movía con voluntad propia, sosteniendo el bolígrafo dorado. -¡No, no lo hagas! –gritó suplicante. Entonces su mano se movió con un movimiento rápido, clavando el bolígrafo en la carótida. Los gritos de Clara cesaron al instante, y los ojos se le dilataron. La sangre empezó a brotar. Entonces, la apariencia de clara se convirtió en una capa de tinta que resbaló lentamente hasta caer al suelo, revelando bajo ella a Eva, con el bolígrafo clavado en el cuello. La chica cayó de lado sobre el charco de tinta. Maria y los chicos corrieron hacia ella. Eva la sostuvo sus rodillas, y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. Ian y Mark también rompieron a llorar silenciosamente. Maria era incapaz de decir nada. Eva dijo todo lo que hacía falta, con una sonrisa. Eva acababa de sacrificarse para acabar con Clara. Mientras, sin que nadie se percatase, del charco de tinta surgió una figura negra, formada por esa tinta, con la forma de Clara. Reptó por la pared con gran esfuerzo hasta llegar a su cadáver crucificado con las raíces. La tinta se filtró en el esqueleto que apenas guardaba parecido con un cuerpo humano. Las raíces lo soltaron y cayó en el charco negro. Empezó a arrastrarse en dirección a la salida. Ian lo vio de reojo, justo cuando estaba a punto de alcanzar el agujero del túnel. Se puso en pie, corrió hacia el esqueleto, y le propinó un furioso puntapié, que lo redujo a polvo marrón. Entonces toda la tinta del suelo empezó a arremolinarse y a menguar, hasta reducirse al rotulador negro. Éste se desintegró, convirtiéndose en polvo también. Al verlo, Eva cerró lentamente los ojos, aliviada al fin. La vuelta a la salida se hizo mucho más breve que el descenso. El túnel en realidad tenía poco más que tres metros. Lograron subir y sacar el cuerpo de Eva. Una vez fuera, echaron un último vistazo a la tumba de Clara, y se alejaron, Ian sosteniendo a Eva. No habían podido traerla con vida, y eso no se lo perdonarían nunca. Pero tampoco olvidarían jamás que Eva murió por salvarles.


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