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  terror > Asesinos en serieTulipanes negros

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se publicó en la web el 18 de Abril del 2005

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  Categoría: terror > Asesinos en serie
  Titulo:

Era el vestíbulo de una casa antigua. La oscuridad no le permitía distinguir lo que había a su alrededor. Escuchó un grito proveniente de algún cuarto a su derecha. Sacó el arma de la cartuchera y le quitó el seguro con un ligero clic. Había una vieja puerta de madera en la pared, Se oyó otro grito ahogado. Abrió la puerta de una patada y entró. ..... Se despertó y tardó unos segundos en darse cuenta de que aquello que oía era el timbre del teléfono. Se levantó de la cama y aún entre sueños fue al salón a cogerlo. - Ramiro al habla.- Su contestación no fue más que un grupo de sílabas mal pronunciadas, que en otro contexto no hubieran significado nada. Algo así como “ramiralabl” Al otro lado de la línea reconoció la voz del agente Rojas. - Disculpe que le moleste a estas horas teniente, pero ha habido otro asesinato con las mismas características que los anteriores y supuse que le interesaría saberlo. - ¿Está seguro? Quiero decir,... ¿Han encontrado otra víctima? - Sí. Una chica ha sido hallada muerta esta mañana a las cinco en el descampado de las amapolas por dos chicos que paseaban por allí. Miró su reloj. Eran las cinco y media. - Gracias Enrique. Ahora mismo voy hacia allá. Controla la situación hasta que yo llegue. - Me encargaré de ello. Colgó el teléfono al tiempo que trataba de organizar sus pensamientos. Aquella era la tercera víctima en un mes y el caso se había convertido en su obsesión y su pesadilla, lo había tomado como un reto. En los años que llevaba en el cuerpo no había conseguido ningún éxito personal, se sentía inferior y este era el momento para demostrar que era tan bueno como los demás. Daría con el asesino y los demás le respetarían como el se merece. ..... Cuando llegó al lugar aquello ya se había llenado de curiosos que probablemente no tendrían mejores cosas que hacer que molestar a la policía e impedirles hacer su trabajo. Rojas se le acercó explicándole lo que habían averiguado hasta el momento. Por lo visto este había sido exactamente igual que los otros: la víctima, una mujer de veintisiete años llamada Clara, fue encontrada en medio del campo con marcas de estrangulamiento con una cuerda o cordón. No se hallaban señales de violación ni de robo y todas ellas aparecían con una flor, un tulipán negro, en su boca. Según los expertos podría tratarse de un homicida múltiple, lo que significaba que tenían a un tipo que mataba a la gente por placer, y que seguiría haciéndolo si no lo detenían. Pasó por encima de la barrera policial y se cercó a la víctima, ahora cubierta con una sábana blanca. Se colocó unos guantes de caucho blancos y le descubrió la cabeza. Al verle la cara un escalofrío le recorrió la espalda como una corriente eléctrica. Uno nunca se acostumbra a ver la muerte, él nunca deja de sobrecogerse cuando tiene alguien muerto enfrente. Bajó más la sábana para observar la marca que, a modo de siniestro collar de pequeños rubíes, le rodeaba el cuello justo por donde, de haber sido hombre, estaría la nuez. Le buscó en el pantalón, y en un bolsillo encontró una cartera con el carné de identidad. Nada la relacionaba con las demás víctimas, excepto el sexo y la parecida edad. Devolvió la cartera al bolsillo, tapó a la chica y volvió al coche. ..... La luz blanca que penetraba por una ventana del cuarto le permitía ver la escena. En el centro de la sala una mujer intentaba desesperadamente desasirse del hombre que tenía encima y que le estaba estrangulando con un cordón alrededor del cuello. La mujer estaba de espaldas en el suelo y el agresor sobre sus piernas le impedía escapar. Se oyó un ligero crujido, como el de una pipa al descascararse, y la víctima se desplomó yerta en el suelo. El asesino cesó la presión con la cuerda, se incorporó e introdujo la mano en el interior de su gabardina. Sacó una flor, era un tulipán negro. Se agachó y con delicadeza le colocó el tallo en los labios. Se levantó y al pasar por su lado pudo verle la cara. ..... Miró el cuentakilómetros de su Fíat que marcaba más de cien por hora al mismo tiempo que trataba de concentrarse en la carretera que llevaba a su casa de campo. A pesar de que a las cinco de la mañana no pasaba ningún coche por aquella sinuosa carretera de un solo carril, pensó que lo mejor sería ir con cuidado si no quería acabar siendo una estadística. Aún no se lo podía creer, tenía que ser una equivocación. Eso mismo se repetía una y otra vez intentando convencerse, desde que le llamara Enrique hacia las cuatro y media diciéndole, después de obligarle a que lo hiciera, que habían encontrado a su mujer muerta. Ella vivía en aquella casa desde que, hacía ya seis meses, habían decidido separarse. “Será sólo un par de meses, para recapacitar sobre nuestra situación”, dijo ella antes de salir por la puerta con un par de maletas en las manos. Él pensó que la situación en realidad era bastante clara, ella quería pasar un tiempo sola para ver si le gustaba, y si así era, le pediría el divorcio, cosa que a él no le importaba demasiado, ya que había empezado ha hartarse de sus estúpidas manías y de las continuas peleas que tenían por que él había movido el macetero de sitio o había dejado abierta la tapa del water. Pero pese a todo ella seguía siendo su mujer, y si iba conduciendo a gran velocidad por una carretera con más curvas que una montaña rusa y con una visibilidad casi nula, tenía que ser que todavía le importaba. Cuando llegó la casa estaba llena de policías. Saltó una cinta de protección que impedía el paso al jardín y fue hacia la entrada por el camino de piedras de pizarra. En la puerta había una pareja de policías que, al verle llegar, se quedaron con cara de estúpidos y se apartaron. Entró en el recibidor. A la izquierda había otros dos policías hablando que no se dieron cuenta de su presencia. A la derecha estaba la puerta de la habitación de Laura, su mujer. Sintió miedo de entrar allí. Por un momento prefirió no hacerlo y quedarse con el recuerdo de la chica alegre y guapa que era. Pensó que si no entraba en aquella habitación Laura seguiría viva en su mente, al igual que lo estaba ahora. Pero tenía que verlo, ya que su cerebro no quería aceptar el hecho de que su mujer estuviera muerta. En el cuarto había cinco policías más, entre ellos Enrique, que al verle se le acercó, le cogió por los hombros e intentó sacarle, pero se soltó y fue hacia la sábana blanca que había en el centro de la habitación. Debajo había un cuerpo. Su mente aún se negaba a reconocer que aquella silueta era la de Laura. Miró a Enrique y este le entendió perfectamente, haciendo salir a los policías de la habitación. Detrás de ellos salió él dejando a Ramiro sólo en el cuarto. Se arrodilló frente al cuerpo, agarró la sábana y la desplazó hacia abajo hasta ver la cara de su mujer con un Tulipán negro entre los labios. Su mente se transformó en segundos en un torrente de sentimientos incapaces de mantenerse dentro de él sin estallar. Se levantó y en ese momento, allí mismo, vio al asesino de Laura y de las otras tres mujeres. El hombre que llevaba semanas buscando estaba tan cerca de él que no se había dado cuenta. Ahora lo veía, tenía enfrente al hombre que había visto en sus sueños, tenía delante a su asesino. Sacó la pistola y le apuntó a la cabeza. Tenía que hacerlo, había resuelto el caso, había encontrado al hombre que buscaba y no lo dejaría escapar. Quitó el seguro a la pistola y por el espejo vio el jardín de Tulipanes negros que su mujer cultivaba, justo antes de que la bala le traspasara el cráneo con mortal eficacia.


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