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  ficcion > Narrativa LibreUNA MAÑANA CUALQUIERA

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se publicó en la web el 18 de Marzo del 2008

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

La luz del sol vuelve a atravesar mis párpados y me hace despertar. Un nuevo día ha comenzado; un nuevo día en el mismo lugar de siempre. Menos mal que tengo la compañía de mis adorables amigos, tan osados que se atreven a colarse por la minúscula rendija de la puerta para estar un rato conmigo, aunque sean unos breves minutos, suficientes para respirar de esta efímera libertad de cada mañana junto a ellos. Comentamos todo lo que vemos. La intensa luz nos permite ver en este campo donde nos encontramos un césped con un verde especial, un color que se encuentra en pocas partes y que muy poca gente tiene el placer y el honor de poder observar. Sin duda, es un gran regalo para la vista. El paisaje es precioso: las flores, los árboles, incluso las casitas en forma de setas que hay aquí construidas hacen una estampa que sólo se puede llegar a imaginar en los cuentos. Pero eso no es todo. Giro la cabeza y veo cómo dos perros juguetean y disfrutan de su libertad. Ambos se persiguen mutuamente y no paran de rebozarse por el césped. Se están divirtiendo y hacen que yo me divierta. El mero hecho de observarles dibuja una sonrisa en mis labios, podría estar todo el día con ellos. Se nota que no tienen problemas de los que preocuparse, disfrutan el momento, sin pensar en el futuro. Sabia y bendita ignorancia. Ahora ambos perros se acercan a un pequeño río que mueve un molino, cerca del cual jugaban. De nuevo, otra imagen para enmarcar. Es increíble la sensación que te otorga el cantar de las aves estando rodeado de toda esta pura naturaleza. Levanto la cabeza y alzo la vista al cielo, donde encuentro revoloteando unos cuantos pájaros sobre mí. Éstos también se persiguen, al igual que hacían los perros, unos a otros sin parar de entonar sus cánticos. No hay mejor melodía. Varios de ellos se apoyan sobre mi hombro y poco a poco bajan hasta llegar a mi mano, donde sus pequeñas patas me hacen cosquillas en la palma. Ahora fijo mi vista en el horizonte, y doy gracias por haberlo hecho, porque a lo lejos logro ver un gran grupo de caballos galopando a toda velocidad. Quizá sean diez o doce, y todos preciosos, de distintos colores, pero tan brillantes como si miraras al mismo sol. No sé hacia dónde se dirigirán ni tan siquiera si llevan un rumbo fijo, pero de lo que no hay dudas es que la elegancia les acompaña y no creo que les abandone. Sin embargo, la mejor sensación de todas las que estoy experimentando es la que me produce esta dulce y suave brisa al golpear en mi rostro. Al golpear en mis brazos, en mis piernas y mi cuello. Es la brisa de la libertad, de la tranquilidad. En definitiva, de mi felicidad. Ojala permanezca eternamente. De esta magnífica ensoñación se encarga de sacarme el sonido de una campana, a la que busco desesperadamente. Me doy la vuelta y allí estaba la campana, en lo alto del tejado de una escuela. No para de sonar, indicando que comienzan las clases. Los niños y niñas van en grupo, con sus mochilas a la espalda, hacia su interior. Se les oye hablar de sus cosas, de lo que hicieron la tarde anterior y de los planes que colman su cabeza para la de hoy y los próximos días. Caminan sonrientes, gastándose bromas unos a otros; en definitiva, divirtiéndose. Presenciar esto me hace recordar mi infancia, muy parecida a la que observo en esta juventud. Una infancia despreocupada, sin complejos. Una infancia sin miedos, sin persecuciones ni huidas. Una infancia normal. Algo falla. Hay algo que no va bien y me temo que se vuelve a repetir la historia de siempre. La brisa que me acariciaba ha desaparecido de repente, de una manera brusca y agresiva, como las otras veces. Además, ha coincidido con la apertura de la puerta del molino. Espero que esta vez no sean ellos. De todas formas aviso a mis pequeños amigos y les digo que huyan, que no conseguirán darles caza. Por suerte, me hacen caso y me dejan allí con la vista fija en el molino, las esperanzas por los suelos y el recuerdo de la brisa cada vez más lejano. Mis temores se confirman al ver salir por aquella puerta a esos malditos hombres que no paran de seguirme y que, haga lo que haga, siempre me alcanzan. No hay forma de despistarles, lo he intentado ya de cualquier manera imaginable y da igual que me encuentre en un parque, en un campo, en el espacio o en el cráter de un volcán. En todos esos sitios consiguen deshacerse de mi libertad. Pero esto no acaba aquí. De ninguna manera me daré por vencido. Me da igual que me atrapen cien veces, porque otras cien veces me libraré de ellos, y si me vuelven a secuestrar, volveré por mis fueros, porque mañana me despertaré y quizá entonces sea el día en el que logre por fin despistarles y conseguir lo que es mío y no paran de arrebatarme. No hay duda, mañana despertaré y será el gran día, volveré a este intenso paisaje, a esta inigualable naturaleza que me rodea y que ellos logran desvanecer con un simple pinchazo, devolviéndome a esta oscura habitación acolchada donde paso los días vestido de blanco.


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