… - ¿Será posible tanta mala suerte? – me pregunto al sobarme la mata de pelo luego del tremendo cabezazo que me pegué al despertar abruptamente con la música de la radio-reloj, la cual marca las 10 A.M. y expele un ruido ensordecedor que con bien poco criterio podría llamarse “música”. Bajo el brazo hasta ella y logro al fin el silencio… Entonces, esa macabra idea… ¿o tal vez un recuerdo?, estrangula la mente y me obliga a exclamar: - ¡me queda un día de vida!... -.
Una extraña imagen de mí mismo, retorciéndome de dolor me hace estar seguro… ¿realmente estoy seguro?..., seguro que he sido envenenado; y la desesperación cunde en mi interior. Los recuerdos son vívidos, pero… ¿son reales?...; ciertamente no estoy seguro, una vocecilla me dice que todo es un sueño, que nada pasó; mas otra idea se acrecienta a gritos diciéndome: - ¡te envenenaron! ¡sólo te quedan unas horas! ¡te envenenaron! -.
Recuerdo vagamente anoche, nos fuimos de parranda, de esas que se hacen los fines de mes, cuando todos andan contentos y la plata no se acaba… Lo que lo confunde todo es que no alcanzo a recordar qué sucedió realmente y qué fue lo que soñé… por culpa de unas copas demás… Aparte, también, que el bar estaba lleno y entre las gentes estaban esos dos sujetos a los que había “bajado los humos” en el carrete anterior, cuando quisieron hacer “perro muerto” dejándome en el lugar del hecho para recibir sus cuentas… no puedo olvidar sus ojos desorbitados y las caras rojas por la vergüenza que pasaron… Estoy seguro que ellos me envenenaron y que la única forma de salvarme es encontrarlos y hacerles escupir el antídoto… porque todo veneno tiene que tener su antídoto, si no la naturaleza no permitiría su existencia… al menos eso espero, de lo contrario estoy muerto.
Yo no fui el que puso la alarma a esta hora tan temprana, maldigo al que lo hizo, pues estoy convencido que lo hizo con maldad… Me enfundo un jeans y una polera y salgo hacia la vereda del frente, camino hasta llegar a la plaza, porque allí puede que los vea… pero no, no se encuentran por aquí… y la idea me produce náuseas, porque voy a morir pronto y los malditos no aparecen…
… - ¡El bar! – pienso, en medio de la confusión, y me parece lo más acertado. Sigo mi camino y noto en la gente que se cruza en él que me miran con cierto aire de pena, como diciendo: - ¡pobre! ¡que mal luce!... ¡éste ya tiene un pie en el cajón!... -, y otras cosas que yo conozco en esas miradas furtivas; las cuales me hacen parar en la primera vitrina cercana, y así, corroborar la palidez de mi rostro… - ¡Es que no me lavé la cara! – me justifico; - ¡tampoco me peiné! -… Sin embargo, el horrible espectáculo que soy, revela que el veneno debe estar haciendo efecto y tengo que apresurar la búsqueda del antídoto… si es que lo hay.
Con patéticas y menguadas fuerzas, que se nutren de mi desesperación, corro hacia el bar. - ¡Allá está ese maldito antro de mi perdición! – me digo al verlo a lo lejos, al llegar a la avenida principal, atestada de personas que van y vienen… y ahí la distancia es diferente, se alarga cruelmente contra mis esperanzas, pues debo ocuparme de esquivar a la gente…
- De ninguna manera quisiera parecer paranoico, pero creo que algunas de esas personas saben lo que me pasa, por la forma en que me ven… ¿Quizás debiera detener a alguien y preguntarle por el antídoto? -… Pienso, pero es una idea descabellada y decido apurar el paso y enfrentar a los verdaderos culpables… - ¡malditos desgraciados!... creo que después de esto que me hicieron se merecen pasar por algo igual -Entro al antro y lo primero que oigo es que me dicen: - ¿tan pronto de regreso? – lo que me confirma la reciente estadía en ese lugar… y la alta probabilidad de que realmente esté envenenado.
Mi suerte no podía ser tan mala, miro alrededor y veo que en el rincón de siempre están tirados los dos bastardos que me envenenaron… Una furia incontenible me lanza sobre ellos y comienzo el interrogatorio: - ¿qué me echaste maldito?... ¿confiesa qué veneno me pusiste en los tragos?... – les grito, en compañía de un par de puñetazos, los cuales no estaban en condiciones de evitar o responder… - ¿De qué cosa estás hablando imbécil?... ¿acaso te volviste loco?... – me contesta uno de ellos con dificultad, mientras el otro cambiaba su lugar de reposo en la mesa por uno en el suelo, sin si quiera emitir queja… lo que me llevó a pensar que también lo había envenenado… La idea pareció ser confirmada por el otro con su asquerosa risa… y le hice volar los pocos dientes que mostraba con el florero de la mesa contigua.
- ¿Dime qué veneno me diste desgraciado? ¿cuánto me queda de vida? ¿cuál es el antídoto?... ¡habla imbécil! – le grito, olvidando que estaba en un lugar público y que podría incomodar al resto de los presentes, por lo cual decido disculparme: - ¡perdonen señores el alboroto!... ¡es sólo un asunto personal que estamos discutiendo! ¡espero que no los moleste! -… Alrededor, los pocos que me escucharon de seguro no me entendieron o no les importó, porque nadie se movió o dijo algo. Miro hacia la barra, pero no hay nadie… El tipo escupió sangre y dijo: - ¿de qué parte sacaste que te habíamos envenenado idiota? -. - ¡Lo recordé al despertar! ¡me acordé de haberlos visto echar algo en mi vaso anoche!... ¿cuál es el antídoto?... -. - ¡Estás loco! ¡nadie te envenenó! ¡es idea tuya!... ¡debiste soñarlo! -. - ¿Y cómo explicas que tu socio no pueda despertar?... porque de seguro que también lo envenenaste… ¡dame el antídoto maldito! – le dije al tomarlo del cuello para obligarlo a confesar, pero el muy desgraciado seguía resistiéndose y diciendo que no me había dado nada, que no tenía resentimientos contra mí y bla, bla, bla… por lo que seguí torturándolo contra el suelo… Hasta que de pronto unos policías me toman y me obligan a subir al furgón, sin hacer caso de mis súplicas para que me dejen averiguar el antídoto; ni si quiera golpeando el vehículo o tirándome al piso.
Horas después… me encuentro dando vueltas y vueltas en un maloliente calabozo, pensando que pronto se acabará mi vida en este sucio y oscuro lugar… - ¿Cuánto faltará?... ¿será doloroso?... -.
- … ¡Lo mataste!... – me dijo un tipo vestido de traje, sacándome de mi preocupación por un instante. - ¡Eso no importa!... ¡él también me mató! ¡me envenenó! – le respondo, causándole un visible asombro. - ¿Estás seguro que te envenenó? ¿has sentido algún síntoma?... ¿por eso lo mataste?... ta, ta, ta, ta, ta -. Pregunta va, pregunta viene, al final quedé con síntomas de cansancio y exhausto, esperando morir mientras dormía; no me preocupaba en lo más mínimo la condena por asesinato, pues no estaría aquí para cumplirla de todas formas…
… Han pasado dos semanas… Cuando desperté esa tarde, recordé que en la noche había hecho las paces con esos tipos y que lo del veneno era parte de un sueño iniciado sobre la mesa del bar, al quedarme dormido por la borrachera. He pedido perdón desde entonces, porque no estaba en mis cabales cuando hice lo que hice, pero el juicio fue muy rápido y no pude negar nada, pues todo era verdad… Ahora espero que me vengan a buscar, ya que me condenaron a morir… envenenado… por una inyección mortal…
Aunque tengo la esperanza de que en cualquier momento despertaré y recordaré todo como un mal sueño…
FIN