18 de enero del año 1316 de Nuestro Señor.
Hoy la campana sonó por tres veces a cargo del almirante Muñoz; dijo haber topado con las
costas de la Finis-Terrae enfocando sobre la mura de babor.
Tan pronto me pusieron al día me colgué los atavíos y subí a cubierta.
No había dado un paso cuando una racha del este me tumbó de bruces, por gracia de la
fortuna tuve tiempo de asirme al mástil mayor antes de que una mole de agua cargara sobre
mí.
Al frente, mis ojos bien podían estar jugando a los espejismos o bien pudiera ser que el
nombre de esas costas rindiera honor a su veracidad:
Vi montañas que huían solitarias mientras despedían los acantilados, y ríos de roca que
zarpaban desde los arenales hasta el mismo horizonte, donde ya el cielo los aplastara.
La tierra, descarnada, parecía alzar sus puños contra el mar y el viento gemía en una lengua
hostil desgarrado por sus fauces.
Incontables olas desafiaban los muros como un gran ariete que pretendiera derribarlo y la
espuma era acero que refulgía con cada estocada; fieros jinetes blancos galopando sobre la
marea cuyo estrépito le da voz y su envestida hace retumbar hasta los cimientos del mundo.
Vi también cómo la bruma les servía a todos y a ninguno: un fantasma neblinoso, confuso y
desconfiado que sembraba la nada allá donde fuera; embotando el tiempo y el silencio,
cebando el pánico entre mis hombres.
Me adelanté hasta el castillo de proa y procuré aguzar la vista un poco más:
La estrecha línea entre el reino de los cielos y el océano era un horizonte espumoso y
sombrío; en este, me dijeron, las grandes cascadas desaguan cayendo al Vacío, donde
incluso la luz perece. Una terrible visión.
Busqué al timonel, quien me confirmó la peor de mis sospechas:
Estábamos siendo arrastrados por la corriente de manera irremediable, contra todas las
adversidades; y aún siendo una la que nos faltaba era esta nuestra posible salvación, pues ni
siquiera el viento de poniente fue tan estúpido de ponérsenos delante para hacernos
retroceder (si a la perdición o a salvo parecía saber donde “no queríamos llegar“), ahora que
lo necesitábamos como nunca antes...
Igual que reos aguardando la horca, quedamos limitados a rezar nuestras oraciones y
a contar las horas que nos quedaban a esta orilla del mundo. Nadie se movió de
su puesto, y me incluyo.
Pero grande es la misericordia de Dios, pues hizo soplar al sur con un calor atípico en esta
época... ya lo dice el reverendo: “sus caminos son inescrutables” ... y por su voluntad nos
alejamos lo suficiente para evitar las rocas y salvaguardar así la quilla.
No fue tanta nuestra suerte después que, obligados, hubimos de seguir hacia occidente;
nuevamente las adversidades habían tomado forma y nos llevaban contra nuestros deseos.
Un vil sortilegio pesaba allí, pues se hacía indistinguible por momentos aún desde el
puesto de vigía; otra especie de mal agasajaba su oscuridad y ésta se extendía rápida como
un abismo ante nosotros. Las aguas se volvieron más salvajes, el navío empezó a zozobrar
desdichado y durante dos horas la tripulación maldijo al mar entre vómitos.
Los monstruos que se citan en cuentos y leyendas, esos mismos que contamos a nuestros
hijos por que no se aventuren mar adentro, debían de habitar también allí; el paso del barco
no hizo sino alterarlos, invitándolos a atacar mi mando con azotes y sacudidas. Quién sabe
qué cetáceos o algo menos científico puede haber en las profundidades...
Como fuera, el navío consiguió saltar sobre esas criaturas y al caer la noche los hombres
marcharon a reposar de sus méritos. Aunque el viento no cambiara nuestra esperanza voló
libre, quizá mañana lo hará; si no ¡navegaremos arrogantes hasta el fin del mundo! Solo
espero estar despierto para despedirme de esta orilla.
Respecto a mis notas, puede que ésta sea la última...